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Por Frank Turek

Durante muchos años, el concilio de Nicea ha sido objeto de mucha confusión entre los laicos. Los malentendidos que han llegado a asociarse con el concilio de Nicea han sido alimentados, en parte, por novelas de ficción populares como el tristemente célebre Código Da Vinci de Dan Brown. Independientemente del grupo con el que estés tratando en tus hazañas apologéticas (incluyendo ateos, musulmanes, testigos de Jehová y unitarios), está casi garantizado que te encontrarás con algunos de estos malentendidos. Por esta razón, es importante que los cristianos estudien y aprendan la historia de la Iglesia para poder corregir los mitos y mentiras comunes.

El concilio de Nicea se convocó el 20 de mayo de 325 d.C., a petición del emperador Constantino. ¿Qué se discutió en el concilio de obispos? En contra de la idea errónea (popularizada sobre todo en los círculos musulmanes) que ha circulado ampliamente por Internet, el concilio de Nicea no se reunió para discutir el canon de las Escrituras, es decir, la decisión sobre los libros que debían componer el Nuevo Testamento. De hecho, no hay ni una sola prueba de que el canon de las Escrituras se planteara en Nicea. Otro concepto erróneo es que el concilio de Nicea, alentado por Constantino, “inventó” la deidad de Cristo o, al menos, que los obispos que asistieron a Nicea estaban significativamente divididos sobre el tema, y que el asunto se decidió con una votación. Sin embargo, esto también es completamente inexacto. En el año 325 d.C., cuando los obispos se reunieron en Nicea, ¡la deidad de Cristo había sido afirmada casi unánimemente por el movimiento cristiano durante casi trescientos años!

Los obispos que se reunieron en Nicea acababan de salir de una época extremadamente difícil de intensa persecución por parte de los romanos, habiendo vivido la crueldad de los emperadores Diocleciano (que gobernaba en 284-305) y Maximiano (que gobernaba en 286-305). Uno de los obispos presentes en Nicea, Paphnutius, llegó a perder el ojo derecho y a cojear de la pierna izquierda como consecuencia de su profesión de fe. Según un escritor en la antiguedad, Teodoreto (393-457),

“Pablo, obispo de Neo-César, una fortaleza situada a orillas del Éufrates, había sufrido la furia frenética de Licinio. Había sido privado del uso de ambas manos mediante la aplicación de un hierro candente, por el cual los nervios que dan movimiento a los músculos habían sido contraídos y muertos. A algunos les habían sacado el ojo derecho, otros habían perdido el brazo derecho. Entre ellos estaba Paphnutius de Egipto. En resumen, el Consejo parecía un ejército de mártires reunido”.

Me resulta extraño, por tanto, que se suponga que el movimiento cristiano primitivo, salido de tiempos tan difíciles como aquellos, capitulara tan fácilmente ante las exigencias del emperador Constantino respecto a la definición de los propios fundamentos de su fe!

La historia del concilio de Nicea comienza en Alejandría, en el noroeste de Egipto. El arzobispo de Alejandría era un hombre llamado Alejandro. Un miembro de su clero superior, llamado Arrio, se opuso a la opinión de Alejandro sobre la naturaleza divina de Jesús, insistiendo en que el Hijo es, de hecho, un ser creado. De forma similar a los modernos Testigos de Jehová, Arrio sostenía que Jesús era como el Padre en la medida en que ambos existían antes de la creación, desempeñaban un papel en la creación y eran exaltados por encima de ella. Pero el Hijo, según la teología de Arrio, fue la primera de las creaciones de Dios y fue encargado por el Padre de crear el mundo.

En este punto, Alejandro no estaba de acuerdo y desafió públicamente las enseñanzas heréticas de Arrio. En el año 318 d.C., Alejandro convocó a un centenar de obispos para tratar el asunto y expulsar a Arrio. Sin embargo, Arrio fue a Nicomedia, en Asia Menor, y reunió a sus partidarios, entre ellos Eusebio de Nicomedia, que era pariente por matrimonio de Constantino, el emperador, y teólogo de la corte imperial. Eusebio y Arrio escribieron a muchos obispos que no habían participado en la destitución de Arrio. El efecto fue la creación de divisiones entre los obispos. Avergonzado por estas disputas, el emperador Constantino convocó el concilio ecuménico de Nicea en el año 325.

La principal preocupación de Constantino era la unidad imperial más que la exactitud teológica, y deseaba una decisión que fuera apoyada por el mayor número de obispos, independientemente de la conclusión a la que se llegara. Su asesor teológico, Hosius, sirvió para poner al emperador al corriente antes de la llegada de los obispos. Como Arrio no era obispo, no fue invitado a participar en el concilio. Sin embargo, su partidario Eusebio de Nicomedia actuó en nombre de Arrio y presentó su punto de vista.

La posición de Arrio respecto a la naturaleza finita del Hijo no era popular entre los obispos. Sin embargo, quedó claro que era necesaria una declaración formal sobre la naturaleza del Hijo y su relación con el Padre. La verdadera cuestión en el concilio de Nicea fue, pues, cómo, y no si, Jesús era divino.

Finalmente se elaboró una declaración formal que fue firmada por los obispos. Los que se negaron a firmar la declaración fueron despojados de su rango de obispo. Los pocos que apoyaban a Arrio insistieron en que en la declaración sólo debía figurar el lenguaje encontrado en las Escrituras, mientras que los críticos de Arrio insistieron en que sólo el lenguaje no bíblico era adecuado para desentrañar plenamente las implicaciones del lenguaje encontrado en la Biblia. Fue Constantino quien finalmente sugirió que se dijera que el Padre y el Hijo eran de la “misma sustancia” (homoousios en griego). Aunque Constantino esperaba que esta afirmación mantuviera contentas a todas las partes (implicando la completa deidad de Jesús sin ir más lejos), los partidarios de Arrio insistieron en que este lenguaje sugería que el Padre y el Hijo eran iguales, pero no explicaban cómo esto era compatible con el principio central del monoteísmo (es decir, la creencia en una sola deidad).

Sin embargo, el credo de Nicea sí incorporó este lenguaje. Decía,

“Creemos en un solo Dios, el Padre todopoderoso, creador de todas las cosas, visibles e invisibles; Y en un solo Señor Jesucristo, Hijo de Dios, engendrado del Padre, unigénito, es decir, de la sustancia del Padre, Dios de Dios, luz de luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado y no hecho, de una sola sustancia con el Padre, por el que todo surgió, lo que hay en el cielo y lo que hay en la tierra, que por nosotros los hombres y por nuestra salvación bajó y se encarnó, haciéndose hombre, padeció y resucitó al tercer día, ascendió a los cielos y vendrá a juzgar a los vivos y a los muertos; Y en el Espíritu Santo. Pero en cuanto a los que dicen que existía cuando no era, y que antes de nacer no era, y que vino a la existencia de la nada, o que afirman que el Hijo de Dios es de una hipóstasis o sustancia diferente, o que es creado, o está sujeto a alteración o cambio; a éstos la Iglesia Católica los anatematiza”.

Con la excepción de dos (Segundo de Tolemaida y Teonas de Marmarcia), el credo fue firmado por todos los obispos, que eran más de 300. Los partidarios de Arrio habían sido derrotados de forma abrumadora.

Los partidarios de Arrio, sin embargo, se las arreglaron para encontrar un margen de maniobra. Una sola letra iota cambia el significado de homo (“igual”) a “como” (homoi). Esto último podía ser aprovechado por Arrio y sus seguidores para describir a un Cristo creado. Además, se argumentaba que el credo podía interpretarse como un apoyo al Sabelianismo, una antigua herejía que no discrimina entre las personas de la Divinidad. Fue esta disputa interna entre obispos la que finalmente condujo al concilio de Constantinopla en el año 381.

Un grupo de obispos comenzó a hacer campaña para la restitución formal de Arrio como presbítero en Alejandría. Constantino cedió a su petición y, en el año 332, reinstauró a Arrio como presbítero. Atanasio, que acababa de suceder a su mentor Alejandro como obispo de Alejandría, recibió instrucciones de aceptar a Arrio en la iglesia una vez más. No hace falta decir que Atanasio no cumplió esta orden. La consecuencia fue el exilio. Constantino tenía poco interés en la precisión de su teología – más bien era la lucha por la unidad imperial lo que le motivaba.

En conclusión, aunque las ideas erróneas populares sobre el concilio de Nicea están muy extendidas, la idea de que el concilio de Nicea determinó qué libros componían el nuevo testamento o que inventó la deidad de Cristo para cumplir con las exigencias de Constantino son mitos. De hecho, la teología correcta le importaba poco a Constantino, que se preocupaba mucho más por la unidad imperial. Los cristianos deben hacer un serio esfuerzo por estudiar y aprender la historia de la Iglesia, para que cuando nos encontremos con tales afirmaciones en los medios de comunicación y en nuestra evangelización personal, sepamos presentar un relato preciso de nuestra historia.

Recursos recomendados en Español: 

Robándole a Dios (tapa blanda), (Guía de estudio para el profesor) y (Guía de estudio del estudiante) por el Dr. Frank Turek

Por qué no tengo suficiente fe para ser un ateo (serie de DVD completa), (Manual de trabajo del profesor) y (Manual del estudiante) del Dr. Frank Turek  

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El Dr. Frank Turek (D.Min.) es un galardonado autor y frecuente orador universitario que presenta un programa de televisión semanal en DirectTV y un programa de radio que se transmite en 186 estaciones de todo el país. Sus libros incluyen I Don’t Have Enough Faith to be an Atheist (No tengo suficiente fe para ser ateo) y Stealing from God:  Why atheists need God to make their case (Robando a Dios: ¿por qué los ateos necesitan a Dios para presentar su caso?) y es co-autor del nuevo libro Hollywood Heroes: How Your Favorite Movies Reveal God (Héroes de Hollywood: Cómo tus películas favoritas revelan a Dios).

Fuente Original del blog: https://bit.ly/3bsxSUw  

Traducido por Jennifer Chavez 

Editado por Monica Pirateque 

 

Por Ryan Leasure

Esta es la tercera entrega de una serie de nueve partes sobre cómo se formó nuestra Biblia. La primera parte trataba sobre la inspiración e inerrancia de las Escrituras. La segunda parte explicaba la formación y preservación de los textos del Antiguo Testamento. En este artículo se abordarán cuestiones relacionadas con el canon del Antiguo Testamento y los apócrifos.

Canon

Antes de continuar con el tema, primero debemos establecer a qué nos referimos cuando hablamos del “canon”. No nos referimos, por supuesto, a las armas de épocas pasadas. Sino que canoson n remite a una antigua forma de medir con una vara parecida al junco o caña y era empleada como un patrón infalible tal como lo es una regla de un metro. El término se aplicó posteriormente a los textos bíblicos que la Iglesia recibió en su colección de libros autorizados.

La Tanakh

El acomodo que los judíos le dieron al Antiguo Testamento fue y es completamente diferente de nuestra manera típica de ordenarlo. Parece ser que desde hace mucho tiempo los judíos dividieron en tres partes el canon hebreo. Esta triple división se le conoce como Tanakh  basado en las tres divisiones —Torah (Ley), Nevi’im (Profetas) y Ketuvim (Escritos). Esta última división a veces se le llama “Los Salmos” ya que los Salmos fueron el primer y más grande libro entre Los Escritos y a menudo se toma como representación del conjunto. Además, hay que tener en cuenta que los judíos combinaron varios libros. Así que el canon judío contiene los mismos libros que las Biblias protestantes, pero su Biblia solo tiene veinticuatro libros en lugar de treinta y nueve. Considere el siguiente desglose desde el Génesis hasta las Crónicas:

Ley

(Torah)

Profetas

(Nevi’im)

Escritos

(Ketuvim)

Génesis Josué Salmos
Éxodo Jueces Job
Levítico Samuel Proverbios
Números Reyes Ruth
Deuteronomio Cantar de los Cantares
Isaías Lamentaciones
Jeremías Eclesiastés
Ezequiel Ester
Los Doce Daniel
Esdras-Nehemías
Crónicas

La Septuaginta (250-150 A.C)

Después de que Alejandro Magno helenizara el mundo conocido, los eruditos judíos se dieron cuenta que era necesario traducir al griego las Escrituras hebreas para que más personas pudieran leerlas. La leyenda cuenta que setenta y dos traductores judíos (seis de cada una de las doce tribus), trabajaron durante setenta y dos días, cada uno de manera independiente tradujo el texto del hebreo al griego, y las setenta y dos traducciones resultaron ser exactamente iguales. Por ello la traducción se conoció como la Septuaginta (en latín septuaginta significa “setenta”) y se le representa con los números romanos LXX.

Vale la pena mencionar un par de detalles acerca de la Septuaginta. En primer lugar, esta traducción cambió el orden de los libros al orden con el que estamos más familiarizados hoy en día. Es decir, cambió la triple división de la Tanakh y acomodó los libros como hoy los tenemos; ley, históricos, poéticos, profetas mayores y profetas menores. Además, la septuaginta también incluía los Apócrifos.

Los Apócrifos

Los Apócrifos son aproximadamente una docena de libros judíos que se escribieron durante el periodo intertestamentario. Estos libros tratan sobre historia, poesía, literatura de sabiduría y profecía. Probablemente los más famosos libros apócrifos  son Primer y Segundo libro de los Macabeos. Estos libros narran las rebeliones judías y la recuperación del templo que estaba en manos de los sirios. Aunque estas obras tienen un gran valor histórico, también contienen material discutible. Esto lo podemos observar en Segundo de Macabeos donde enseña que los santos en el cielo interceden por los que están en la Tierra (15:11-16) y que las oraciones y sacrificios pueden ofrecerse en favor de los muertos (12:39-46). Los romanos católicos usan este texto para dar validez a las creencias sobre el purgatorio y la práctica de indulgencias.

Tobías, otro libro apócrifo, cuenta la historia pintoresca de un devoto judío en el exilio quien al estar dormido pierde la vista por la suciedad de los pájaros . Su esposa Sara, también tiene sus propias dificultades. Un demonio ha matado a siete de sus anteriores esposos en la noche de bodas. Y Dios envía al ángel Rafael para ayudar a Tobías y a Sara a conquistar  al demonio. Al final usan el corazón y el hígado de un pez para ahuyentar al demonio de la cámara nupcial. La historia termina cuando el hijo de Tobías frota los ojos de su padre con la bilis del pescado para devolverle la vista. Es un relato bastante extraño.

Otro libro, conocido como Judith, describe la liberación del pueblo judío por parte de Dios. En esta historia, Judith seduce al rey asirio para cortarle la cabeza mientras está aturdido por el alcohol. No tenemos evidencia de que esto en verdad haya acontecido. Además, este libro comete el error de ubicar a Nabucodonosor como rey de Asiria y no de Babilonia.

Otra colección de apócrifos incluyen al libro de Sirá (literatura de sabiduría similar a Proverbios), Baruc (que no escribió Baruc), Sabiduría de Salomón (que no escribió Salomón), y complementos al libro de Daniel (La Historia de Susana, La Historia de Bel y el Dragón).

¿Por qué La Biblia no debe incluir Los Apócrifos?

Probablemente estás familiarizado con los debates Protestantes-Católicos-Ortodoxos sobre la posibilidad de incluir Los Apócrifos en las Biblias de hoy en día.  En el espacio restante, me gustaría ofrecer cinco razones por las que no creo que la Biblia deba incluir los apócrifos.

1 Los apócrifos reconocen que los profetas no hablaban en su época

Considera los siguientes textos de 1º Macabeos.

Fue una gran prueba en Israel, como nunca se había visto desde que terminó el tiempo de los profetas (1 Macabeos 9:27 Biblia Latinoamericana).

También el rey tomó en cuenta el que los judíos y los sacerdotes habían resuelto que Simóin fuera su jefe y Sumo Sacerdote hasta la aparición de un profeta digno de fe (1 Macabeos 14:41 Biblia Latinoamericana).

Depositaron las piedras de dicho altar en el cerro del Templo, en lugar conveniente, hasta que surgiera un profeta que diera respuesta sobre el caso (1 Macabeos 4:46 Biblia Latinoamericana)

Observe cómo estos tres versículos indican que Dios no hablaba a través de profetas durante su tiempo.

2 Los judíos nunca aceptaron los apócrifos como escrituras.

Considera la siguiente cita del historiador judío del siglo I Josefo:

Desde la muerte de Moisés hasta la era de Artajerjes, quien fue rey de Persia después de Jerjes, los profetas que sucedieron a Moisés escribieron lo que sucedió en sus días en trece libros. Los otros cuatro libros contienen canciones para Dios y principios de vida para los seres humanos. Desde Artajerjes hasta nuestra época se ha llevado un detallado registro, pero esto no se ha considerado digno de igual crédito que los registros anteriores porque no ha habido desde entonces la sucesión exacta de profetas.[1]

Josefo señala que después de la era de Artajerjes (465-424 a.C.), los judíos continuaron escribiendo libros (los Apócrifos), pero estos libros no estaban a la altura de las Escrituras, porque los profetas dejaron de hablar.

Además, el Talmud babilónico, que es una colección sagrada de tradiciones rabínicas, registra lo siguiente “después de que murieron los últimos profetas Hageo, Zacarías y Malaquías, el Espíritu Santo se apartó de Israel” (Yoma 98). En otras palabras, la revelación especial cesó después de la época de estos profetas. Por lo tanto, no debemos considerar Los Apócrifos como Escrituras, ya que fueron posteriores a estos profetas.

Finalmente, alrededor del año 90 d.C., un Concilio de líderes judíos se reunió en Jamnia para decidir cómo reconstruir el judaísmo después de la caída de Jerusalén y su templo. Al discutir sobre sus libros sagrados, sólo reafirmaron la práctica universal de todos los judíos de que los apócrifos no pertenecían a su Biblia.

3 El Nuevo Testamento nunca se refiere a los apócrifos como escrituras

Los autores del Nuevo Testamento citan pasajes del Antiguo Testamento cientos de veces. Regularmente sus citas son antecedidas por frases como “así está escrito” o “las Escrituras dicen.” Considera los siguientes ejemplos:

como está escrito: No hay justo, ni aun uno; (Rom. 3:10 LBLA)

Y también otra Escritura dice: Mirarán al que traspasaron. (Jn. 19:37 LBLA)

Por lo cual, como dice el Espíritu Santo: Si oís su voz, no endurezcáis vuestros corazones, como en la provocación […] (Heb. 3:7-8 LBLA)

Ni siquiera una vez los autores del Nuevo Testamento hicieron algo similar con los textos Apócrifos. Esta omisión es considerable a pesar del hecho que los autores del Nuevo Testamento citaban de la Septuaginta la cual contenía los Apócrifos. Lo que significa que los autores del Nuevo Testamento tenían conocimiento de los textos Apócrifos. Y ellos simplemente no se refirieron a estos textos como Escrituras.

4 Jesús afirmó la triple división del Tanaj

Dos citas del evangelio de Lucas nos muestran que Jesús creía en un canon cerrado del Antiguo Testamento que no incluía los Apócrifos. Observa Lucas 24:44 LBLA.

Luego les dijo: Esto es lo que les había anunciado cuando todavía estaba con ustedes: que todo lo que está escrito sobre mí en la ley de Moisés, los libros de los profetas y en los Salmos tiene que cumplirse.

En este texto Jesús hace una clara afirmación a la división en tres partes del Antiguo Testamento- los Apócrifos no son incluidos. Toma en cuenta también Lucas 11:51 LBLA.

desde el asesinato de Abel hasta el asesinato de Zacarías. Zacarías fue asesinado entre el altar y el templo. Sí, yo les digo, ustedes los de estos tiempos pagarán por ello.

Al hablar de Abel (el primer mártir bíblico) y Zacarías (el último mártir bíblico), Jesús demuestra que el canon del Antiguo Testamento finaliza con el libro de Crónicas (en el orden tradicional de la Tanaj). Vale la pena anotar que muchos mártires murieron en el libro de los Macabeos. Jesús no los menciona porque no consideraba a los Macabeos como parte de su Biblia.

5 La Iglesia Católica no concedió autoridad a los apócrifos hasta más tarde

La lista canónica del Antiguo Testamento más antigua de un cristiano procede de Melito de Sardis (170 d. C.). En su canon no tomó en cuenta los Apócrifos. La lista canónica que hizo Orígenes a mediados del siglo tercero también excluye a los Apócrifos. Además Atanasio, Cirilo de Jerusalén, Gregorio Nacianceno y el Concilio de Laodicea descartan de su canon los libros Apócrifos.

Se cree que en algún punto del siglo cuarto, los Apócrifos comenzaron a ganar aceptación en algunos sectores cosa demostrada por algunas listas canónicas (San Agustín, el Concilio de Hipona) y los manuscritos bíblicos (Códice Sinaítico, Códice Vaticano). Está claro que San Agustín persuadió a su amigo Jerónimo de incluir los Apócrifos en la Vulgata Latina del año 404 d. C. Dicho esto, Jerónimo hizo la siguiente introducción a la sección de los Apócrifos.

Debido a que la Iglesia valora los libros de Judith, Tobías y los Macabeos, pero no los coloca entre los libros canónicos, está permitido leer estos dos volúmenes para la edificación del pueblo pero no para establecer dogmas de autoridad eclesiástica.[2]

Jerónimo hizo una clara distinción entre los textos bíblicos y los Apócrifos. La Escritura estableció la doctrina de la Iglesia. Los Apócrifos eran utilizados para la mera edificación.

Durante los siguientes mil años, la Iglesia Católica difícilmente estuvo de acuerdo con los Apócrifos. William de Ockham, influyente teólogo medieval, se hizo eco de los sentimientos de Jerónimo cuando escribió que los textos apócrifos “son leídos para la edificación del pueblo, pero no para establecer doctrinas.”[3] Incluso el cardenal Cayetano, un principal opositor de los reformistas protestantes y designado por el Papa León señaló:

La iglesia latina tiene una gran deuda con Jerónimo por haber separado los libros canónicos de los no canónicos… estos libros y cualquier otro similar a ellos en el canon de la Biblia no son canónicos para establecer fundamentos de fe; sin embargo pueden ser llamados canónicos para la edificación de los fieles.[4]

A pesar de estar lejos de llegar a estar unificados, el Concilio de Trento le concedió a los textos Apócrifos el estatus de canónicos en lo que claramente se ve como un movimiento de Contrareforma.

Dirigiéndonos hacia el Nuevo.

En la siguiente publicación llegaremos al Nuevo Testamento. En concreto, el artículo abordará dos preguntas clave.. En primer lugar, ¿habría esperado la Iglesia primitiva más libros de las Escrituras? Y segundo, ¿qué criterios utilizó la iglesia primitiva para considerar que ciertos libros tenían autoridad Escritural y otros no?

[1] Josephus, Against Apion 1.38-41.

[2] F. F. Bruce, The Canon of Scripture, 91-92.

[3] Citado por B. F. Westcott, The Bible in the Church, (London, 1901), 211.

[4] Ibid., 253.

Recursos recomendados en Español: 

Robándole a Dios (tapa blanda), (Guía de estudio para el profesor) y (Guía de estudio del estudiante) por el Dr. Frank Turek

Por qué no tengo suficiente fe para ser un ateo (serie de DVD completa), (Manual de trabajo del profesor) y (Manual del estudiante) del Dr. Frank Turek

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Ryan Leasure tiene una Maestría en Artes de la Universidad Furman y una Maestría en Divinidad del Seminario Teológico Bautista del Sur. Hoy en día, se está postulando al Doctorado en Ministerio en el Seminario Teológico Bautista del Sur. También ejerce como pastor en la Iglesia Grace Bible en Moore, SC.

Fuente Original Del Blog: https://bit.ly/3z36sP2

Traducido por Gustavo Camarillo

Editado por Yatniel Vega García

Por Ryan Leasure

Este es el segundo de una serie de nueve artículos que abordan la cuestión de cómo obtuvimos nuestra Biblia. El último artículo trató la cuestión de la inspiración y la inerrancia. Esta semana nos centramos en la formación del Antiguo Testamento.

Cuestiones de introducción

A finales del siglo II, Tertuliano acuñó el término “Antiguo Testamento” para distinguir las Escrituras hebreas de las griegas. La palabra “testamento” significa simplemente “pacto”. El Antiguo Testamento, en su forma actual, consta de treinta y nueve libros y fue escrito por decenas de autores a lo largo de mil años.

En los primeros tiempos, los autores bíblicos utilizaron diferentes superficies de escritura. Grabaron sobre piedras (Éxodo 34:1; Josué 8:32), escribieron sobre  yeso (Dt 27:2-3), grabaron sobre metal (Éxodo 28:36) y rayaron en tablillas enceradas (Isa 30:8; Hab 2:2). Para grabar en estas superficies, utilizaban plumas de hierro (Job 19:24; Jer 17:1) y otros estiletes.

Afortunadamente, los egipcios ya habían inventado un producto similar al papel utilizando plantas de papiro mucho antes de que Moisés escribiera la ley. Los autores bíblicos adoptaron esta tecnología de escritura con fines prácticos (Jer 36:23). Cuando el papiro no estaba disponible, los autores escribían en pieles de animales estiradas y secas llamadas pergaminos. Los escritores utilizaban cañas de tallo fino (Jer 8:8) que sumergían en tinta, que solía ser una mezcla de hollín y savia de árbol o aceite. Los escribas solían llevar estuches de tinta en el cinturón (Ez 9:2-3).

La primera escritura

El primer texto bíblico fue escrito por el propio Dios. Leemos en Éxodo 31:18: “Y cuando terminó de hablar con Moisés sobre el monte Sinaí, le dio las dos tablas del testimonio, tablas de piedra, escritas por el dedo de Dios“(LBLA). Esas mismas tablas se guardaron luego en el Arca de la Alianza junto con una vasija con maná y la vara de Aarón (Dt 10:5; Hb 9:4).

Más tarde, Moisés recopilaría los escritos de Dios en el Pentateuco junto con sus otros escritos. Tenemos indicios de que Moisés escribió el Pentateuco por etapas y no todo a la vez. En Éxodo 24:4 se lee: ” Y Moisés escribió todas las palabras del Señor.(LBLA)”. En Éxodo 17:14 se lee: “  Entonces dijo el Señor a Moisés: Escribe esto en un libro para que sirva de memorial, y haz saber a Josué que yo borraré por completo la memoria de Amalec de debajo del cielo.” (LBLA)

Los académicos debaten cómo aprendió Moisés el contenido del Génesis. Algunos sugieren que lo aprendió en el Monte Sinaí a través de una revelación divina. Otros creen que se transmitió a través de la tradición oral. Y otros creen que fue una combinación de ambos.

Etapas de la escritura

Como se ha señalado anteriormente, el Antiguo Testamento no se escribió de una sola vez, sino a lo largo de mil años. Puede ser útil pensar en el desarrollo del Antiguo Testamento en cuatro etapas.

La primera etapa fue en el Monte Sinaí, cuando Moisés escribió la Ley. Al principio, el Pentateuco funcionaba como el canon judío de las Escrituras. De hecho, Moisés ordena ” No añadiréis nada a la palabra que yo os mando, ni quitaréis nada de ella, para que guardéis los mandamientos del Señor vuestro Dios que yo os mando.” Dt 4:2 (LBLA). A lo largo de cientos de años se escribieron otros libros, pero su inclusión en el canon tardó algún tiempo. Los libros de Moisés, sin embargo, tuvieron autoridad desde el principio.

La segunda etapa de los depósitos de revelación se produjo durante la transición de la teocracia a la monarquía. Durante esa época, los autores escribieron varios libros históricos (Josué, Jueces, Rut, Samuel), poesía (Salmos) y literatura de sabiduría (Proverbios, Eclesiastés, Cantar de los Cantares).

La tercera etapa fue en la época del exilio babilónico. Varios profetas escribieron durante este período (Isaías, Miqueas, Oseas, Jonás, Amós, Joel, etc.).

La cuarta y última etapa fue el regreso del exilio. Siguieron escribiendo más profetas (Zacarías y Malaquías) e historiadores (Crónicas, Esdras, Nehemías, Ester).

Citando la Ley

Dado que el Antiguo Testamento se desarrolló por etapas, los escritores posteriores del Antiguo Testamento se remitieron a menudo a los libros de Moisés. Quizá el texto más citado de Moisés sea Éxodo 34:6. El texto declara: ” El Señor, el Señor, Dios compasivo y clemente, lento para la ira y abundante en misericordia y fidelidad”(LBLA).

Considera cómo estos textos posteriores del Antiguo Testamento citan a Moisés:

“Pero tú eres un Dios de perdón, clemente y compasivo, lento para la ira y abundante en misericordia, y no los abandonaste”. (Neh. 9:17 LBLA)

“Mas tú, Señor, eres un Dios compasivo y lleno de piedad, lento para la ira y abundante en misericordia y fidelidad”. (Salmos 86:1 LBLA)

“Por eso me anticipé a huir a Tarsis, porque sabía yo que tú eres un Dios clemente y compasivo lento para la ira y rico en misericordia, y que te arrepientes del mal con que amenazas”. (Jonás 4:2 LBLA)

Sometiéndose a la Ley

Los escritores posteriores del Antiguo Testamento no sólo citaron a Moisés, sino que afirmaron explícitamente su autoridad.

“Solamente sé fuerte y muy valiente; cuídate de cumplir toda la ley que Moisés mi siervo te mandó; no te desvíes de ella ni a la derecha ni a la izquierda, para que tengas éxito dondequiera que vayas. Este libro de la ley no se apartará de tu boca, sino que meditarás en él día y noche, para que cuides de hacer todo lo que en él está escrito”. (Jos. 1:7-8 LBLA).

“Y acercándose los días de la muerte de David, dio órdenes a su hijo Salomón, diciendo: Yo voy por el camino de todos en la tierra. Sé, pues, fuerte y sé hombre.  Guarda los mandatos del Señor tu Dios, andando en sus caminos, guardando sus estatutos, sus mandamientos, sus ordenanzas y sus testimonios, conforme a lo que está escrito en la ley de Moisés”. (1 Reyes 2:1-3 LBLA)

“pidieron al escriba Esdras que trajera el libro de la ley de Moisés que el Señor había dado a Israel. Entonces el sacerdote Esdras trajo la ley delante de la asamblea de hombres y mujeres y de todos los que podían entender lo que oían… en presencia de hombres y mujeres y de los que podían entender; y los oídos de todo el pueblo estaban atentos al libro de la ley”. (Neh 8:1-3 LBLA)

Los profetas citan a los profetas

Dado que el Pentateuco tuvo autoridad desde el principio, encontramos muchas más referencias a Moisés que a cualquier otro autor del Antiguo Testamento. Dicho esto, los profetas seguían reconociendo la autoridad de otros profetas que vivieron más cerca de su época. Consideremos las palabras de Daniel:

“en el año primero de su reinado, yo, Daniel, pude entender en los libros el número de los años en que, por palabra del Señor que fue revelada al profeta Jeremías, debían cumplirse las desolaciones de Jerusalén: setenta años”. (Dan 9:2 LBLA)

Aunque Jeremías escribió sólo unas décadas antes, Daniel seguía reconociendo su autoridad divina.

Zacarías también reconoce la autoridad divina de sus predecesores proféticos. Escribe:

“Entonces vino a mí la palabra del Señor de los ejércitos, diciendo: Habla a todo el pueblo de la tierra y a los sacerdotes, y di: «Cuando ayunabais y os lamentabais en el quinto y el séptimo mes durante estos setenta años, ¿ayunabais en verdad por mí? ¿No son estas las palabras que el SEÑOR proclamó por medio de los antiguos profetas, cuando Jerusalén estaba habitada y próspera”? (Zac 7:4-7 LBLA)

Autores y fechas

Es cierto que no podemos ser demasiado precisos en cuanto a los autores y las fechas de los libros del Antiguo Testamento, especialmente de algunas obras históricas. Dicho esto, considere el siguiente cuadro que detalla los autores y las fechas de cada libro del Antiguo Testamento[1].

Tabla Cómo obtuvimos nuestra biblia: la formación del Antiguo Testamento

Uso de las fuentes

La inspiración no implica un dictado mecánico. Aunque los autores bíblicos dictaron la palabra de Dios de vez en cuando, también emplearon otros métodos, como la investigación de fuentes históricas. Considere los siguientes ejemplos:

“Por tanto se dice en el Libro de las Guerras del Señor”. (Núm. 21:14 LBLA)

“Y el sol se detuvo, y la luna se paró, hasta que la nación se vengó de sus enemigos. ¿No está esto escrito en el libro de Jaser?”. (Jos 10:13 LBLA)

“Los demás hechos de Salomón, todo lo que hizo y su sabiduría, ¿no están escritos en el libro de los hechos de Salomón?”. (1 Reyes 11:41 LBLA)

“Los demás hechos que Amón hizo, ¿no están escritos en el libro de las Crónicas de los reyes de Judá?” (2 Reyes 21:25 LBLA)

Lo que demuestran estos textos es que los autores bíblicos no inventaron estas cosas. Hicieron una cuidadosa investigación antes de compilar sus obras.

Editores

La inspiración no excluye la edición. En otras palabras, Dios no sólo inspiró a los autores, sino que también inspiró a los editores para que modificaran y reorganizaran el texto. Sin excepción, los escritores del Nuevo Testamento, e incluso el propio Jesús, afirman la autoría mosaica del Pentateuco (Mateo 8:4; 19:8; Marcos 7:10; 12:26; Lucas 16:31; 20:37; 24:44; Hechos 3:22; 15:1; 26:22; 28:23; 1 Cor 9:9; Heb 9:19). Dicho esto, tenemos claros indicios de una edición posterior por parte de los escribas judíos. Consideremos los siguientes textos:

Moisés era un hombre muy humilde, más que cualquier otro hombre sobre la faz de la tierra”. (Num. 12:3 LBLA)

“Y allí murió Moisés, siervo del Señor, en la tierra de Moab, conforme a la palabra del Señor. Y Él lo enterró en el valle, en la tierra de Moab, frente a Bet-peor; pero nadie sabe hasta hoy el lugar de su sepultura”. (Deut 34:5-6 LBLA)

Desde entonces no ha vuelto a surgir en Israel un profeta como Moisés, a quien el Señor conocía cara a cara”. (Deut 34:10 LBLA)

¿Se autodenominó Moisés la persona más mansa de la tierra e informó de su propia muerte y entierro? Y después de su muerte, ¿informó de que no había surgido ningún profeta semejante desde los tiempos de Moisés? ¿No supone esta última afirmación que ha pasado algún tiempo desde su muerte? En resumen, mientras que Moisés escribió el Pentateuco, los escribas posteriores editaron su obra en su forma actual.

Preservación

Sabiendo que se tardó mil años en escribir el Antiguo Testamento (1400-400 a.C.), ¿qué confianza podemos tener en su preservación? Al fin y al cabo, sabemos que hubo un periodo de tiempo en el que parece que el texto se había perdido y estaba fuera de uso (2 Reyes 22-23).

Al parecer, en la época del Antiguo Testamento existían “clanes de escribas” que copiaron y conservaban la Biblia hebrea (1 Crón 2:55). Desde entonces, los escribas judíos han copiado meticulosamente los textos con los mismos fines. Quizá los más famosos de estos escribas sean los masoretas y la familia Ben Asher del siglo V d.C.. Estos copistas profesionales contaban el número de palabras de cada página y conocían el número de palabras de cada libro, así como la palabra y letra central exactas de cada libro para asegurarse de que copiaban con precisión.

Además, los masoretas añadieron marcas vocales al texto, que de otro modo carecería de ellas. Hasta la década de 1940, los textos hebreos más antiguos que poseíamos eran textos masoréticos de los siglos IX y X.

Manuscritos del Mar Muerto

En 1947, un pastor llamado Muhammed edh-Dhib salió a buscar algunas de sus ovejas por la costa del Mar Muerto. Al pasar por una cueva, lanzó una piedra al interior con la esperanza de oír el balido de las ovejas. En lugar de eso, escuchó cerámica rompiéndose. Esa vasija destrozada dio lugar a uno de los hallazgos arqueológicos más importantes del siglo XX.

Desde entonces, los arqueólogos han descubierto más de un millar de documentos judíos antiguos en docenas de cuevas cercanas que datan del año 250 a.C. al 65 d.C. Estos textos pertenecían a la comunidad de Qumrán, también conocida como los esenios. Esta gente funcionaba como los monjes judíos, aislados de la mayor parte de la sociedad. Lo más probable es que la comunidad de Qumrán escondiera sus textos sagrados en estas cuevas durante la guerra con Roma (68-70 d.C.) con la esperanza de volver a ellos una vez que se asentara el polvo. Por desgracia, todos murieron durante la guerra, por lo que sus textos permanecieron ocultos durante dos mil años.

Entre estos documentos se encuentran todos los libros del Antiguo Testamento, excepto Ester. Quizá el texto más significativo sea un rollo completo de Isaías, que consta de veintisiete hojas de pergamino cosidas de extremo a extremo. Mide seis metros de largo. El pergamino data del año 120 a.C., es decir, es mil años más antiguo que el anterior texto más antiguo. Lo más significativo es que el rollo de Isaías difiere muy poco del texto masorético del siglo X, lo que demuestra que los escribas judíos conservaron cuidadosamente el texto original.

Canon del Antiguo Testamento

En el próximo artículo se examinarán la Septuaginta, los apócrifos y el canon del Antiguo Testamento.

*Para saber más sobre este tema, lea el útil libro de Timothy Paul Jone How We Got the Bible.

Referencias:

[1] Este gráfico es una modificación del de Timothy Paul Jones, How We Got the Bible, 31-33.

Recursos recomendados en Español: 

Robándole a Dios (tapa blanda), (Guía de estudio para el profesor) y (Guía de estudio del estudiante) por el Dr. Frank Turek

Por qué no tengo suficiente fe para ser un ateo (serie de DVD completa), (Manual de trabajo del profesor) y (Manual del estudiante) del Dr. Frank Turek

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Ryan Leasure tiene un Máster en Artes por la Universidad de Furman y un Máster en Divinidad por el Southern Baptist Theological Seminary. Actualmente, es candidato a Doctor en Ministerio en el Southern Baptist Theological Seminary. También sirve como pastor en Grace Bible Church en Moore, SC.

Fuente original del blog: https://bit.ly/3Nnm8jP

Traducido por Jennifer Chavez

Editado por Elenita Romero

 

By Ryan Leasure

This article is the first in a nine-part series that will explain the story of how we got our Bible. That is, the Bible did not fall from the sky into our hands. Rather, the Bible is the result of a long process that begins in the mind of God and ends with our modern English translations.

The process involves inspiring texts, collecting certain books, rejecting others, copying manuscripts, evaluating thousands of manuscripts to recreate the originals as closely as possible, translating the Hebrew and Greek texts into English, and creating readable translations in our modern local language.

As you might have guessed, this series will deal with some of the most crucial issues surrounding the Bible: topics such as the canon, the Apocrypha, the Dead Sea Scrolls, the Pseudepigraphal Gospels, textual criticism, the King James Only movement, and much more. I hope you will join me on this journey through the fascinating history of the Bible. If you are not already subscribed, please click subscribe to receive updates on future posts.

That being said, let’s start with the inspiration.

Plenary and Verbal Inspiration

Paul writes: “All Scripture is inspired by God and is useful for teaching, rebuking, correcting and training in righteousness, so that the man of God may be complete, equipped for every good work” (2 Timothy 3:16-17, ESV). Here are some concepts worth highlighting.

First, the Greek word “theopneustos,” translated “inspired,” technically means “God-breathed, God-breathed, God-inspired,” so Paul is saying that God “breathes out” rather than “inspires” the text. In other words, He is the source behind all Scripture.

Second, notice that God inspires Scripture, not the authors themselves. This necessary distinction means that God’s inspiration extends to the final product of Scripture itself, not to the everyday life of the human author. That is, the authors were fallible while God-inspired Scripture was not.

Third, Paul points out that ALL Scripture is inspired, not just parts of it. Some have wrongly taught that inspiration only covers the parts that deal with faith and morals. But that is not what Paul is writing about. When he says “all,” he includes the Canaanite conquests, the talking donkey, and the Levitical code.

The biblical authors affirm inspiration

Several times throughout the Old Testament, the authors acknowledged that they were writing the words of God. Consider these examples:

Then the Lord said to Moses, ‘Write this in a scroll for a memorial, and tell Joshua that I will completely blot out the memory of Amalek from under heaven ’” (Exodus 17:14).

Then the Lord put forth his hand and touched my mouth. And the Lord said to me, ‘Behold, I have put my words in your mouth ’” (Jeremiah 1:9).

The word of the Lord that came to Hosea son of Beeri in the days of Uzziah, Jotham, Ahaz, and Hezekiah, kings of Judah, and in the days of Jeroboam son of Joash king of Israel ” (Hosea 1:1).

On the fifth day of the month, in the fifth year of King Jehoiakim’s exile, the word of the Lord came to Ezekiel the priest, son of Buzi, in the land of the Chaldeans by the River Chebar; and there the hand of the Lord came upon him ” (Ezekiel 1:2-3).

Furthermore, the New Testament authors affirm the inspiration of the Old Testament:

All this took place to fulfill what the Lord had said through the prophet: ” (Matthew 1:22).

Brothers, the Scripture had to be fulfilled, which the Holy Spirit foretold through the mouth of David concerning Judas, who became a guide for those who arrested Jesus ” (Acts 1:16).

David himself said through the Holy Spirit: ‘The Lord said to my Lord: “Sit at my right hand until I put your enemies under your feet ”” (Mark 12:36).

This last verse was quoted by Jesus Himself. That is, Jesus affirmed the inspiration of the Old Testament.

What about the New Testament?

When Paul writes that “all Scripture is given by inspiration of God,” he was most likely referring to the Old Testament, since the word Scripture (“graphe”) refers to the Old Testament when used in the New. We must also remember that when Paul wrote this letter, parts of the New Testament had not yet been written. Was inspiration then limited to the Old Testament? No, it was not.

Notice how Peter speaks of Paul’s letters in 2 Peter 3:15-16: “And consider the patience of our Lord as salvation, just as our beloved brother Paul also wrote to you, according to the wisdom given to him. And in all his letters he speaks about this matter. In them there are some things that are hard to understand, which the ignorant and unstable distort— just as they distort the rest of the Scriptures —to their own destruction.” Peter seems to equate Paul’s letters with the Old Testament and grant them equal authority.

1 Timothy 5:18 is another crucial text on this issue. Paul writes, “ For the Scripture says, ‘ You shall not muzzle an ox while it treads out the grain,’ and, ‘The laborer is worthy of his wages.’” Paul quotes two different passages in this verse and refers to both as Scripture. The first is found in Deuteronomy 25:4 and the second in Luke 10:7. This means that Paul thought that Luke’s Gospel was Scripture just as the Old Testament is.

We even have some clues that suggest the apostles knew they were writing God’s Word. Paul writes in 1 Corinthians 14:37, “If anyone thinks he is a prophet or spiritual, let him acknowledge that what I am writing to you is a command from the Lord .” Additionally, Paul states in 1 Thessalonians 2:13, “For this reason we also thank God continually that when you received the word of God which you heard from us, you accepted it not as the word of men but as it really is, the word of God, which also works in you who believe.”

Peter also comments, “that you may remember the words spoken beforehand by the holy prophets and the commandment of the Lord and Savior as declared by your apostles ” (2 Peter 3:2). The apostles, then, believed that they spoke with authority from God. And they could do so because Jesus promised them that the Holy Spirit would guide them in the process. (John 14:26; 16:13)

Mechanical dictation?

Peter points out, “But know this first of all, that no prophecy of Scripture is a matter of one’s own interpretation. For no prophecy was ever made by the will of man, but men spoke from God as they were carried along by the Holy Spirit” (2 Peter 1:20-21). Some suggest that the activity of the Holy Spirit is a lot like annoying mechanical dictation. But this would be a mistake. As I mentioned earlier, inspiration extends only to the finished product of Scripture. That is, God worked in and through the abilities, personalities, and experiences of the human authors as they wrote their various works. In short, the biblical authors produced their Scriptures in different ways.

The author of Hebrews touches on this point when he tells us, “God spoke long ago, at sundry times, and in divers manners, to the fathers by the prophets” (Hebrews 1:1). Notice how he states that the prophets spoke “in many ways.” And Scripture makes abundantly clear these different ways. Consider a few examples:

  • Research/Interpretation: “ Now concerning this salvation the prophets who prophesied of the grace to come to you searched and investigated diligently, seeking to know what person or time the Spirit of Christ within them was indicating when he foretold the sufferings of Christ and the glories that would follow ” (1 Peter 1:10-11)
  • Dictation: “ Write to the angel of the church in Ephesus… ” (Revelation 2:1)
  • Investigative Search: “ Forasmuch as many have undertaken to compile a record of the things which are most certain among us, just as they were handed down to us by those who from the beginning were eyewitnesses and ministers of the word, it seemed fitting for me also, having diligently investigated everything from the beginning, to write an orderly account to you, most excellent Theophilus ” (Luke 1:1-3)

Furthermore, the biblical authors wrote poetry, wisdom literature, letters, and prophecies. And in doing so, God worked through them in such a way that did not override their unique perspective. At the same time, He oversaw the process to ensure that their message was accurate when communicated. As the Chicago Statement on Biblical Inerrancy notes: “We affirm that God, in His work of inspiration, utilized the distinctive personalities and literary styles of the writers He had chosen and prepared. We deny that God, by having these writers use the very words He chose, overrode their personalities.”

Evidence of Inspiration

Some argue that inspiration appeals to circular reasoning because we must appeal to Scripture itself to claim inspiration. While that is a fair criticism, Christians are right to appeal to Scripture because it is our highest authority. If we appeal, for example, to human reasoning, then we elevate human reasoning to a higher authority than Scripture.

That said, we do have good evidence for inspiration in fulfilled prophecies. I could list dozens of fulfilled prophecies, but I will only briefly touch on two of them. First, Isaiah 53 correctly predicts Christ’s crucifixion. Of note is the fact that Isaiah says, “He was pierced for our transgressions” (Isaiah 53:5, ESV). This method of death is significant because in Isaiah’s day, the Jewish methods of execution were stoning or hanging. How could Isaiah correctly predict the kind of death Jesus would suffer seven hundred years earlier?

Another example is Daniel 9. Although I won’t go into details, Daniel predicts the exact time of Christ’s arrival. Furthermore, Daniel says that the Messiah will be “slain” (killed) just before the destruction of Jerusalem and the temple. Jesus was crucified in A.D. 30. The Romans destroyed Jerusalem and the temple in A.D. 70.

Inerrancy

Inerrancy follows naturally from inspiration. In other words, if God is the author behind the entire Bible, then everything must be true because God always tells the truth. Consider the following texts:

in which it is impossible for God to lie ” (Hebrews 6:18)

Now therefore, O Lord God, you are God, your words are truth ” (2 Samuel 7:28)

Every word of God is proven; ” (Proverbs 30:5)

Sanctify them by the truth; your word is truth” (John 17:17)

Notice that Jesus doesn’t just say that God’s word is true, but that it is the TRUTH. It is the absolute standard of truth. And lest anyone think that this idea of ​​inerrancy is a modern invention, listen to some of the church fathers:

“You have searched the Scriptures, which are true and have been given by the Holy Spirit. You know that nothing unjust or false is written in them,” Clement of Rome, 1st century.

“The statements of Holy Scripture never contradict the truth,” Tertullian, 3rd century.

“Some are of the opinion that the Scriptures do not agree or that the God who gave them is false. But there is no disagreement at all. Far from it! The Father, who is the truth, cannot lie.” Athanasius, 4th century.

In short, while Scripture does not give us exhaustive knowledge of all things (how to change a tire, for example), it does not assert anything that is contrary to fact.

The next post

In the next post we will look at how the Old Testament came into being. In particular, we will address the nature of the development of the Old Testament, its authors and editors, as well as its preservation.

Recommended resources in Spanish: 

Stealing from God ( Paperback ), ( Teacher Study Guide ), and ( Student Study Guide ) by Dr. Frank Turek

Why I Don’t Have Enough Faith to Be an Atheist ( Complete DVD Series ), ( Teacher’s Workbook ), and ( Student’s Handbook ) by Dr. Frank Turek  

 

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Ryan Leasure holds a Master of Arts degree from Furman University and a Master of Divinity degree from the Southern Baptist Theological Seminary. He is currently a Doctor of Ministry candidate at the Southern Baptist Theological Seminary. He also serves as pastor at Grace Bible Church in Moore, SC.

Original blog source: https://bit.ly/3w9hBum Translated by Monica Pirateque Edited by Daniela Checa Delgado

Por Jonathan McLatchie

Una prueba de fuego común para la ortodoxia cristiana es la adhesión a la doctrina de la inerrancia bíblica, que sostiene que el texto bíblico, en los autógrafos originales, está completamente libre de errores en todo lo que afirma. La doctrina de la inerrancia se desarrolla y define cuidadosamente en la Declaración de Chicago sobre la Inerrancia Bíblica de 1978, que se puede encontrar aquí. En este artículo, voy a explorar los conceptos de la inspiración y la inerrancia de las Escrituras y a desarrollar cuidadosamente mi comprensión actual de este tema, y en particular cómo se relaciona con mi método apologético evidencialista. En pocas palabras, aunque defiendo la inspiración de las Escrituras y las considero altamente fiables, no veo que la inerrancia pueda deducirse de las Escrituras, al menos no con la suficiente claridad como para justificar un dogmatismo sobre el tema. En mi opinión, aunque hay algunos casos en las Escrituras que considero candidatos a errores menores, se puede suponer con seguridad que se hicieron de buena fe, y de ninguna manera ponen en duda la confiabilidad general de las Escrituras.

Para empezar, me gustaría invitar al lector a reflexionar sobre los conceptos de inspiración e inerrancia y lo que éstos sostienen.

16 Toda Escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar, para reprender, para corregir, para instruir en justicia, 17 a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, equipado para toda buena obra. (2 Tim 3:16-17).

La Biblia afirma aquí muy claramente que toda la Escritura es inspirada por Dios, y para descartar cualquier confusión, quiero afirmar muy claramente que mantengo esta declaración. Cuando piensas en el significado de “inspirado por Dios”, ¿qué te viene a la mente? ¿Evoca imágenes de Dios, a través de su Espíritu, dictando de alguna manera las palabras exactas, la sintaxis y el flujo argumental a las personas para que las escribieran; en otras palabras, que cada detalle de los libros de la Biblia fue determinado por Dios para que fuera exactamente como lo poseemos ahora? Podemos llamar a esto la “teoría del dictado” de la inspiración. Si esta hipótesis es la correcta, ¿qué opina del hecho de que, por ejemplo, los cuatro evangelios revelen diferentes personalidades autorales? De hecho, los distintos autores bíblicos suelen tener más gusto por determinadas palabras que por otras (como el uso frecuente que hace Marcos de la palabra εὐθὺς, que significa “inmediatamente”). O ¿por qué cree que Dios le dictó a Pablo que le pidiera a Timoteo que trajera su capa (2 Tim 4:13)? En Romanos 16:22, Tercio, el escriba de Pablo, interviene: “Yo, Tercio, que escribo esta carta, os saludo en el Señor.” La Escritura registra incluso un lapsus de memoria, ya que Pablo anota: “También bauticé a los de la casa de Estéfanas; por lo demás, no sé si bauticé a algún otro” (1 Cor 1:16). Además, el texto bíblico utiliza diferentes estilos literarios, desde el lenguaje realista de un campesino hebreo (Amós) hasta la poesía exaltada de Isaías. La Biblia también revela un abanico de diferentes emociones humanas, como la “gran tristeza” (Rom 9:2), la ira (Gal 3:1), la soledad (2 Tim 4:9-16) y la alegría (Fil 1:4).

Como tal vez puedas ver ya, la cuestión de lo que significa que la Escritura haya sido inspirada por Dios no está tan clara como podría parecer a primera vista. Por supuesto, para el erudito y el teólogo, esto no será una novedad, ya que la teoría del dictado de la inspiración ha sido ampliamente rechazada desde hace tiempo entre los pensadores cristianos, en gran medida por las razones expuestas anteriormente, entre otras muchas. Más adelante en este artículo, ofreceré mi opinión personal sobre lo que significa que la Biblia sea la palabra inspirada de Dios. Pero por ahora, volvamos a la cuestión de la inerrancia y examinemos qué es y si se puede deducir de la propia Biblia.

Inerrancia fuerte vs. débil

Distingo entre una forma fuerte de inerrancia (lo que a veces llamo inerrancia dogmática o a priori) y una forma débil de inerrancia (lo que a veces llamo inerrancia inductiva). La Declaración de Chicago refleja la forma fuerte de inerrancia, según la cual un cristiano fiel no puede admitir, ni siquiera en principio, ningún error bíblico. En su forma más fuerte, este punto de vista establece una visión extremadamente frágil de las Escrituras, que esencialmente insinúa que si se identificara un error en la Biblia, se demostraría que el cristianismo es falso. Aunque esto rara vez se afirma de forma tan explícita, a menudo está implícito. Norman Geisler, por ejemplo, defiende una forma fuerte de inerrancia, según la cual la Biblia no sólo no contiene errores, sino que no puede contenerlos.[1] Generalmente, cuando alguien pregunta si tú afirmas la inerrancia, tiene en mente esta forma fuerte de inerrancia.

Esto pone una vara muy baja para que el escéptico ofrezca razones suficientes para rechazar el cristianismo, ya que la Biblia es un gran libro con muchas miles de afirmaciones históricas que pueden ser evaluadas críticamente. Esto, a su vez, hace que los cristianos pierdan su fe, ya que la duda sobre la inerrancia se toma a menudo no sólo como un impulso para pensar más cuidadosamente sobre la naturaleza de la inspiración, sino como una razón de peso para reconsiderar la verdad de la cosmovisión cristiana en su conjunto. Aunque los defensores de esta forma fuerte de inerrancia suelen argumentar que la inspiración divina de las Escrituras implica su inerrancia, esta línea de razonamiento puede emplearse en dos direcciones: es decir, en la medida en que la doctrina de la inspiración implica la inerrancia, la demostración exitosa de probables errores en las Escrituras es epistémicamente relevante para la cuestión de si el texto bíblico es de hecho inspirado. En otras palabras, si es cierto que la inspiración implica la inerrancia, entonces no sólo los argumentos a favor de la inspiración proporcionan pruebas que confirman la inerrancia, sino que los argumentos contra la exactitud de las afirmaciones contenidas en la Biblia también proporcionan pruebas que desconfirman la inspiración.

Un punto de vista alternativo, que considero más razonable, es la forma débil de inerrancia, que deja abierta la posibilidad de descubrir que hay errores en las Escrituras, pero manteniendo que no hay errores de hecho (al igual que un libro de texto universitario podría en principio contener errores, pero de hecho puede no tenerlos). Esta última perspectiva es la que más se acerca a mi punto de vista, aunque creo que hay un puñado de detalles relatados por la Escritura para los que se puede argumentar razonablemente, teniendo en cuenta todas las cosas, que un error es la mejor explicación.

Las consecuencias de la demostración exitosa de errores en la Escritura

Me ocuparé ahora de evaluar las consecuencias epistémicas de la identificación de uno o varios errores en la Escritura. Si eres de la opinión de que no hay errores en las Escrituras, te pido que consideres esta cuestión simplemente como una hipótesis. Hay que reconocer que una demostración de la falsedad de la inerrancia constituiría una prueba contra la inspiración y, a su vez, contra el cristianismo, ya que hay que admitir que existe una cierta tendencia a la inerrancia si se sostiene que un libro está inspirado divinamente en algún sentido significativo, aunque no estoy convencido de que la inspiración implique necesariamente la inerrancia, dependiendo del modelo de inspiración que se adopte (como trataré más adelante). Es importante distinguir aquí entre evidencia y prueba. Un dato puede tender a desconfirmar una proposición (es decir, reducir un poco su probabilidad) sin que ello implique su falsedad. En principio, las pruebas de desconfirmación pueden superarse con suficientes pruebas de confirmación, y es normal que las proposiciones tengan tanto pruebas de confirmación como de desconfirmación.[2]

A algunos les puede preocupar que se espere que Dios garantice que las Escrituras no tengan errores, aunque hayan llegado a nosotros por medios humanos. Sin embargo, dado que hay cierto nivel de ambigüedad, a veces, incluso con respecto a lo que decía el autógrafo original, parece ser una conclusión razonable que, en lo que respecta a Dios, no es importante que tengamos certeza sobre cada pequeño detalle reportado en el texto bíblico. Por ejemplo, es famoso que Jesús dijera desde la cruz: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc 23:34). Sin embargo, muchos manuscritos importantes carecen de este versículo, lo que crea un cierto nivel de ambigüedad respecto a si este dicho forma parte del autógrafo original. Bruce Metzger comenta: “La ausencia de estas palabras en testigos tan tempranos y diversos… es muy impresionante y difícilmente puede explicarse como una escisión deliberada por parte de los copistas que, considerando la caída de Jerusalén como una prueba de que Dios no había perdonado a los judíos, no podían permitir que pareciera que la oración de Jesús había quedado sin respuesta”. Al mismo tiempo, el logion, aunque probablemente no forme parte del Evangelio original de Lucas, tiene indicios evidentes de su origen dominical, y fue conservado, entre dobles corchetes, en su lugar tradicional, donde había sido incorporado por copistas desconocidos en una época relativamente temprana de la transmisión del Tercer Evangelio”.[3] Con toda seguridad, la evidencia textual del Nuevo Testamento es suficiente para confiar en que lo que tenemos en nuestras Biblias es sustancialmente lo mismo que fue escrito por los autores originales, aunque quedan algunos casos en los que no se puede afirmar con seguridad la lectura original. La doctrina de la inerrancia, tal como se entiende convencionalmente, se aplica sólo a los autógrafos originales. Sin embargo, si la inerrancia era tan importante en los autógrafos originales, cabe preguntarse por qué Dios no preservó la inerrancia en la transmisión textual. Además, dado que, como ya he señalado, las Escrituras registran un lapsus de memoria (1 Cor 1:16), ¿no es al menos concebible que Dios pudiera potencialmente permitir que alguien recordara mal algo relativamente menor, como una secuencia precisa de eventos, etc.?

Dado que la inerrancia es una proposición de “todo o nada”, una vez que se ha admitido un solo error (y, por tanto, se ha falsificado la inerrancia), el peso probatorio contra el cristianismo que tienen las demostraciones posteriores de tipos de errores similares se reduce sustancialmente. Algunos errores propuestos tendrían mayores consecuencias que otros. Algunos errores afectarían sólo a la doctrina de la inerrancia (además de ser epistémicamente relevantes para la fiabilidad sustancial de determinados libros bíblicos), mientras que otros (como la inexistencia de un sólido Adán histórico, por ejemplo), al estar inextricablemente ligados a otras proposiciones centrales del cristianismo, serían mucho más graves.

Diferentes fuentes de errores y sus consecuencias

Otro factor que influye en la consecuencia epistémica de los errores bíblicos es el origen de los mismos. Las distorsiones deliberadas de los hechos, por ejemplo, tienen un efecto negativo mucho mayor tanto en la doctrina de que el libro es inspirado como en la fiabilidad sustancial del documento que los errores introducidos de buena fe. Una preocupación habitual de los inerrantistas es que admitir la presencia de un error en la Escritura conduce necesariamente a una pendiente resbaladiza, ya que entonces todo texto puede considerarse “en juego”. Esta objeción supone que no hay un modo fiable de discernir lo que es verdadero en la Escritura, a menos que asumamos que todo lo es. Sin embargo, esta crítica parece basarse en la falsa premisa de que suponer la inerrancia da una certeza del cien por ciento sobre cada afirmación de la Escritura. Esto, sin embargo, es falso, ya que se trata siempre de una valoración probabilística. Se puede objetar aquí que los que sostienen una forma fuerte de inerrancia hacen una estipulación a priori de la inerrancia, que implica una certeza del cien por ciento sobre la veracidad de cada afirmación de la Escritura. Sin embargo, si este es el caso, entonces tiene poco sentido hablar de pruebas a favor o en contra de la veracidad de cualquier afirmación proposicional concreta contenida en los relatos bíblicos, ya que las pruebas, por definición, aumentan o reducen la probabilidad de una hipótesis.

Además, creo que podemos demostrar inductivamente (a partir de un caso acumulativo basado en numerosas confirmaciones y corroboraciones de las Escrituras) que los documentos bíblicos se ajustan mucho a los hechos, son habitualmente veraces y sustancialmente dignos de confianza. Eso significa que cualquier afirmación que hagan estas fuentes constituye una prueba confirmatoria prima facie de que esos hechos ocurrieron realmente. Por lo tanto, está justificado creer incluso en detalles de las Escrituras para los que actualmente carecemos de una confirmación directa basada en la naturaleza de estos documentos. Un documento que ha demostrado ser sustancialmente fiable proporciona pruebas de su contenido, incluidas las proposiciones que no pueden ser confirmadas de forma independiente. Por lo tanto, si se demuestra que los Evangelios y Hechos son sustancialmente fiables (como yo sostengo), queda una base inductiva para confiar en los relatos incluso en aquellos asuntos que no pueden ser verificados independientemente. Este argumento inductivo no es incompatible con la existencia de algunos errores de buena fe. Se puede hacer un caso similar con respecto a los libros del Antiguo Testamento, aunque esto requiere mucho más trabajo para demostrarlo (ya que el Antiguo Testamento es mucho más grande que el Nuevo Testamento, y se refiere a eventos que están significativamente más alejados de nosotros en el tiempo que aquellos de los que se ocupa el Nuevo Testamento). Sin embargo, se pueden aducir importantes pruebas indirectas a favor de la fiabilidad del Antiguo Testamento (o al menos los lineamientos generales de la historia judía) a partir del testimonio de Jesús, suponiendo (como creo que es el caso) que los argumentos que confirman la identidad de Jesús como Dios encarnado (como el caso de su resurrección) se mantengan. Si, por otro lado, resultara que hay casos de fabricaciones deliberadas en los relatos bíblicos, entonces sí se produciría el problema de la pendiente resbaladiza que preocupa a los inerrantistas. Si los autores están dispuestos a distorsionar la verdad en una o más ocasiones, entonces uno podría preguntarse razonablemente qué más se ha tergiversado.

El punto de vista de la inerrancia fuerte también conlleva una posible pendiente resbaladiza

Además, la forma fuerte de inerrancia se encuentra con un problema similar, posiblemente más grave, de pendiente resbaladiza si las armonizaciones de uno emplean teorías de composición literaria de ficción (como las propuestas por Michael Licona).[4] Por ejemplo, si era una práctica aceptable en la época, y también una característica de los evangelios, que escenas enteras pudieran ser inventadas o detalles cambiados con el fin de hacer un punto teológico (como se sugiere en Why are there differences in the gospels? De Michael Licona), ¿cómo se puede estar seguro de que cualquier detalle en los evangelios no ha sido objeto de esta práctica? Afortunadamente, no creo que las pruebas que aporta Licona justifiquen sus conclusiones (por ejemplo, véase el libro de respuesta de Lydia McGrew The Mirror or the Mask (El espejo o la máscara) para una discusión y crítica detalladas de la tesis de Licona).[5]

En mi opinión, la opción epistémicamente menos costosa es adoptar el punto de vista que represento en este artículo. Por supuesto, también existe la opción de confesar la ignorancia y afirmar abiertamente que actualmente no sabemos cómo armonizar estos textos. Sin embargo, esto, en mi opinión, parece ir en contra del espíritu del evidencialismo, en el que uno opta por seguir las pruebas hasta donde le lleven.

¿Afirma la Escritura inequívocamente la inerrancia?

Vale la pena señalar que en ninguna parte de las Escrituras se afirma inequívocamente la inerrancia. Probablemente el texto más fuerte que sugiere la inerrancia es Juan 10:34 donde Jesús, refiriéndose al Antiguo Testamento, afirma que “la Escritura no se puede violar”. Aunque este texto crea un buen caso prima facie para la inerrancia, se supera con bastante facilidad si se descubren pruebas reales de errores fácticos concretos en las Escrituras. En ese caso, probablemente esté justificado interpretar que Jesús se refiere a los mandamientos de la Escritura y a sus enseñanzas morales y teológicas (cf. Mt 5:19; Jn 7:23), que es como está utilizando el Salmo en el contexto de este versículo. Se puede argumentar con más fuerza que Jesús afirmó la fiabilidad sustancial de las Escrituras del Antiguo Testamento, especialmente cuando Jesús se refiere a los acontecimientos. Por ejemplo, en Marcos 2:25-26, Jesús dice a los fariseos: “Y Él les dijo: ¿Nunca habéis leído lo que David hizo cuando tuvo necesidad y sintió hambre, él y sus compañeros, cómo entró en la casa de Dios en tiempos de Abiatar, el sumo sacerdote, y comió los panes consagrados que no es lícito a nadie comer, sino a los sacerdotes, y dio también a los que estaban con él?” Aunque este texto (y otros similares) sugiere con bastante fuerza que Jesús consideraba que la Biblia hebrea era sustancialmente digna de confianza, incluso esta interpretación está sujeta a dudas. Lo que me parece muy seguro es que Jesús afirmó los lineamientos generales de la historia judía tal y como los relatan las Escrituras hebreas. Hay que señalar que esto no requiere necesariamente que la propia Biblia hebrea sea fiable (aunque creo que las pruebas sugieren con fuerza que lo es; véase la lista de recursos más abajo).

Siempre que se interpreta un texto escrito, especialmente un texto antiguo, suele haber cierto grado de incertidumbre en la interpretación. El significado de algunos pasajes es más incierto que el de otros. Cuanto menor sea la probabilidad de nuestra interpretación, más fácil será superar el peso probatorio de esos textos con otras pruebas. De hecho, ésta es la base del principio hermenéutico común de que los pasajes menos claros deben interpretarse a la luz de los más claros. En cierto sentido, pues, todo está estratificado. ¿Implican las palabras de Jesús que el Antiguo Testamento es inerrante? Es plausible, pero no muy seguro. ¿Implican que todo el Antiguo Testamento es sustancialmente fiable? Bastante probable, pero todavía discutible. ¿Implican que David existió y que ciertos eventos particulares tuvieron lugar? Muy probable. Para resumir mi argumento, el caso de que Jesús creyera que David existió es obviamente mucho más fuerte que el caso de que creyera que todo el libro en el que ocurrió esa historia es fiable. Hay un buen caso para esto último, sin duda. Pero me parece poco probable que sea lo suficientemente fuerte como para que tengamos que desechar las pruebas tan convincentes de la identidad de Jesús (como el caso de la resurrección) si resulta que no es cierto. Algunos querrán señalar aquí que otro factor relevante es la probabilidad de que los informes de los evangelios ofrezcan un informe preciso de las cosas que dijo Jesús, en particular en relación con el Antiguo Testamento. Sin embargo, considero que la probabilidad aquí es bastante alta, dado el gran número de declaraciones que Jesús hace en los evangelios en relación con el Antiguo Testamento, combinado con la evidencia (que considero bastante sustancial) de que los evangelios proporcionan relatos sustancialmente fiables del ministerio y las enseñanzas de Jesús. Además, ciertos aspectos del ministerio de Jesús (como su cumplimiento del simbolismo de la Pascua, la relación de su muerte con la caída de Adán, su condición de Mesías davídico prometido en el Antiguo Testamento) implican que, al menos, los lineamientos generales de la historia judía, relatados en las Escrituras hebreas, son verdaderos. (Para evitar cualquier confusión, en este artículo no estoy discutiendo la fiabilidad del Antiguo Testamento per se. Lo que estoy examinando es lo que significa para la fiabilidad del Antiguo Testamento el hecho de que Jesús mencione pasajes y personas del Antiguo Testamento).

Debido a la naturaleza religiosamente significativa del acontecimiento de la resurrección, la inerrancia y fiabilidad del Antiguo Testamento, así como la veracidad de los lineamientos generales de la historia judía tal como se relata en la Biblia, son epistémicamente relevantes para la probabilidad previa de la resurrección. Es común entre los apologistas afirmar que, si se pueden aducir pruebas suficientes para apoyar la proposición de que Jesús resucitó de entre los muertos (un acontecimiento que se considera, con razón, la reivindicación por parte de Dios de las auto proclamaciones mesiánicas y divinas de Jesús), entonces se deduce necesariamente que el Antiguo Testamento debe ser fiable, ya que Jesús afirmó la inspiración y la fiabilidad de la Biblia hebrea. Este argumento tiene algo de cierto, ya que el testimonio de Jesús proporciona una prueba indirecta que confirma la inspiración y la fiabilidad del Antiguo Testamento. Sin embargo, también hay que reconocer que este argumento puede aplicarse en ambas direcciones. Las demostraciones exitosas de la falsedad de la inerrancia, de la falta de fiabilidad del Antiguo Testamento y de la falsedad de los lineamientos generales de la historia judía relatados en la Biblia hebrea serían evidencias indirectas que desconfirmarían la resurrección (por la vía de reducir la probabilidad previa -es decir, la probabilidad de que Jesús resucitara dada sólo la información de fondo-), aunque su valor probatorio para desconfirmar la resurrección sería variable.

Un matiz importante que a menudo se pasa por alto es que no es necesario que el texto del Antiguo Testamento sea fiable para que el argumento general, o incluso los detalles particulares, sean correctos (aunque yo mismo sostengo que la Biblia hebrea es un conjunto de documentos sustancialmente fiables y, por lo tanto, la siguiente discusión debe tomarse como puramente hipotética). Si se demostrara con éxito que los libros que componen la Biblia hebrea no son fiables desde el punto de vista histórico, se eliminaría la evidencia directa de los acontecimientos en cuestión, mientras que se dejaría intacta la evidencia indirecta (es decir, el testimonio de Jesús combinado con el caso de su deidad). Los documentos poco fiables son como el “ruido”, lo que significa que sus afirmaciones proposicionales no proporcionan por sí mismas pruebas de lo que afirman. Sin embargo, de esto no se deduce que la mayoría, todas o incluso las afirmaciones más destacadas contenidas en esos documentos sean falsas. Así, aunque hubiera pruebas positivas que revelaran que el Antiguo Testamento no es fiable, esto no sería necesariamente una razón positiva para concluir que, por ejemplo, David no existió o que el Éxodo no ocurrió. Una novela histórica puede ser una fuente de información poco fiable para un historiador, pero una demostración en ese sentido no implicaría que varias proposiciones de la novela no pudieran deducirse como verdaderas por otros motivos. Así, aunque las fuentes históricas contenidas en el Antiguo Testamento resultasen poco fiables, se podría concluir racionalmente, como mínimo, que las proposiciones clave del Antiguo Testamento son ciertas sobre la base de una prueba indirecta, a saber, el testimonio de Jesús. Por lo tanto, soy de la opinión de que para reducir la probabilidad previa de la resurrección lo suficiente como para superar el caso acumulativo positivo a favor de la misma, habría que hacer algo más que simplemente mostrar la falta de fiabilidad del Antiguo Testamento: también habría que montar un caso positivo fuerte de que las proposiciones importantes (como la historicidad de Adán; la aparición de Dios a Abraham, Isaac y Jacob; el Éxodo; la existencia del rey David y las promesas de Dios a él, etc.) son falsas. La carga de la prueba asociada a la negación de esas proposiciones sería un reto a cumplir.

Para que conste, creo que se puede hacer un caso convincente para la fiabilidad sustancial del Antiguo Testamento, y la discusión anterior debe ser tomada puramente hipotética!!!!!!!!!!!!!. Para cualquier persona interesada en este caso, aquí hay una lista de libros y recursos que recomendaría:

  • Kenneth A. Kitchen, On the Reliability of the Old Testament(Grand Rapids, MI; Cambridge, U.K.: William B. Eerdmans Publishing Company, 2006).
  • Walter C. Kaiser Jr., The Old Testament Documents: Are They Reliable & Relevant? (Downers Grove, IL: IVP Academic, 2001), 92–93.
  • Clive Anderson y Brian Edwards, Evidence for the Bible (Leominster: Day One, 2014).
  • Daniel I. Block, ed., Israel — Ancient Kingdom or Late Invention? (North Nashville, TN: B&H Publishing Group, 2008).
  • James K. Hoffmeier, Alan R. Millard, & Gary A. Rendsburg, ed. “Did I Not Bring Israel Out of Egypt?” Biblical, Archaeological, and Egyptological Perspectives on the Exodus Narratives, Bulletin for Biblical Research Supplement 13 (University Park, PA: Eisenbrauns, 2016).
  • Gleason Archer Jr., A Survey of Old Testament Introduction, 3rd. ed. (Chicago: Moody Press, 1994).
  • Titus Kennedy, “Is the Exodus History? A Conversation with Dr. Titus Kennedy?”, entrevistado por Jonathan McLatchie, Apologetics Academy, May 21, 2020, video, https://youtu.be/czUyRQ6rUXw
  • Stephen C. Meyer, “Is the Bible Reliable? Building the Historical Case,” TrueU Season 2, Focus on the Family, 2011, video series,
    https://www.amazon.com/How-Archaeology-Backs-New-Testament/dp/B00XWWV3O0/

Hay muchos otros buenos recursos, por supuesto, pero esto debería ser más que suficiente para que empieces a investigar.

Un modelo propuesto de inspiración bíblica

Si la inerrancia es falsa, ¿cómo puede afectar eso a la doctrina de la inspiración? Está claro que el concepto bíblico de inspiración no es como el concepto musulmán, que realmente implica la inerrancia en sentido fuerte. La opinión tradicional entre los musulmanes suníes es que el Corán ha sido inscrito en tablas en el Paraíso para toda la eternidad (Surah 85:22). Todos los musulmanes consideran que el Corán fue dictado por el ángel Gabriel al supuesto profeta Mahoma durante un periodo de veintitrés años, desde diciembre del 609 hasta el 632 d.C., cuando murió Mahoma. Según el punto de vista islámico, el Corán representa realmente el discurso directo de Alá. Podemos llamar a esta visión de la inspiración “teoría del dictado”. Históricamente, los cristianos no han sostenido la teoría del dictado de la inspiración, y por muy buenas razones, ya que este punto de vista está plagado de problemas muy graves, como se ha comentado anteriormente.

Si se descarta la teoría del dictado, ¿qué interpretación de la inspiración debe preferirse? Desafortunadamente, la Escritura no es nada clara en cuanto a lo que significa exactamente que la Escritura sea, como dijo Pablo, θεόπνευστος (“inspirada por Dios”) (2 Tim 3:16). Mi teoría de la inspiración, a la que no puedo concebir una alternativa plausible después de que la teoría del dictado está fuera de la mesa, es que Dios designó a ciertos individuos -apóstoles y profetas- a los que impartió ideas reveladoras especiales. Luego, encomendó a esas personas que escribieran lo que Dios les había dado a conocer en su propia voz. Esto significa que, en principio, los mismos conceptos podrían haberse expresado con palabras completamente diferentes y seguirían teniendo la autoridad de ser la Palabra de Dios. Por tanto, en mi opinión, no son las palabras de la Escritura las que están inspiradas, sino el significado de la Escritura. Por supuesto, hay excepciones en las que las Escrituras fueron dictadas por Dios (en particular, los diez mandamientos y los pasajes “Así dice el Señor”). Debido a la naturaleza de esos pasajes, yo sostendría que esos son verdaderamente inerrantes en el sentido fuerte.

Una de las objeciones que he encontrado al punto de vista que propongo aquí es que implica que el centro de la inspiración son los autores y no las propias Escrituras, mientras que en 2 Timoteo 3:16-17 se afirma que es la Escritura la que es “inspirada por Dios”. Sin embargo, esta objeción me parece que es una división de opiniones. Evidentemente, sea cual sea el punto de vista de la inspiración que se adopte, son los autores los que son objeto de inspiración (ya que el texto bíblico fue escrito por hombres y el texto refleja las personalidades y estilos distintivos de sus autores humanos). Si uno se aleja de la teoría del dictado de la inspiración, como se ve obligado por muchos factores, entonces me parece que un escenario que es al menos similar al punto de vista que he propuesto es la única alternativa viable.

El caso de la armonización

Aunque no estoy comprometido con la inerrancia como cuestión de principios, soy un ávido defensor de la práctica de la armonización. Las fuentes que han demostrado ser sustancialmente fiables constituyen una prueba de sus afirmaciones. Esto es cierto tanto si se trata de un texto de importancia religiosa como de otro tipo. Por lo tanto, si uno identifica una aparente discrepancia entre fuentes fiables (como los evangelios), el curso de acción racional es buscar una forma plausible de armonizar esos textos. Aunque esta práctica se suele rechazar en la erudición bíblica, creo que el sesgo académico contra la armonización es bastante irracional. Considero que la armonización es una práctica académica buena y responsable, tanto si se trata de fuentes religiosas significativas como de fuentes seculares. Se debe permitir que las diferentes fuentes que se cruzan en su informe de un evento particular se iluminen y aclaren mutuamente. También creo que las fuentes que han demostrado ser altamente fiables deben recibir el beneficio de la duda cuando hay una aparente discrepancia. En mi opinión, en tales casos, se deben buscar armonizaciones razonables como primer puerto de escala y sólo se debe concluir que el autor está equivocado si las posibles armonizaciones son inverosímiles. Lydia McGrew expone bien este punto[6]:

La armonización no es un ejercicio esotérico o religioso. Los cristianos que estudian la Biblia no deben dejarse intimidar por la insinuación de que se dedican a la armonización sólo por sus compromisos teológicos y que, por tanto, están falseando los datos por razones no académicas. Por el contrario, cabe esperar que las fuentes históricas fiables sean armonizables, y normalmente lo son cuando se conocen todos los hechos. Intentar ver cómo encajan entre sí es un método extremadamente fructífero, que a veces incluso da lugar a conexiones como las coincidencias no diseñadas de las que se habla en Hidden in Plain View. Esta es la razón por la que persigo la armonización ordinaria entre las fuentes históricas y por la que a menudo concluyo que una armonización es correcta.

Los lectores que estén interesados en el caso de la sólida fiabilidad de los relatos evangélicos están invitados a leer otros artículos que he publicado sobre este tema o a escuchar esta entrevista.

Una consideración importante en lo que respecta a la evaluación de las armonizaciones, que a menudo se pasa por alto, es que el peso probatorio de un error o una contradicción propuestos en las Escrituras se relaciona no tanto con la probabilidad de cualquiera de las armonizaciones propuestas como con la disyunción de las probabilidades asociadas a cada una de las armonizaciones candidatas. Para poner un ejemplo simplista, si uno tiene cuatro armonizaciones que tienen cada una un 10% de probabilidad de ser correctas, entonces el peso probatorio del problema es significativamente menor que si sólo se tuviera una de ellas, ya que la disyunción de las probabilidades relevantes sería del 40%. Por lo tanto, el texto sólo tendría una probabilidad ligeramente mayor de ser erróneo que de no serlo (y los argumentos inductivos a favor de la fiabilidad sustancial pueden inclinar la balanza a favor de dar al autor el beneficio de la duda). En realidad, por supuesto, las matemáticas son bastante más complicadas que esto, ya que hay que considerar si alguna de las armonizaciones se superpone o se implica de tal manera que las probabilidades no pueden sumarse entre sí. Por supuesto, si algunos de los disyuntos tienen una probabilidad muy baja de ser correctos, entonces no serán de mucha ayuda.

Fuertes candidatos a errores en las Escrituras

En esta sección, quiero discutir un puñado de ejemplos de proposiciones históricas contenidas en las Escrituras que considero fuertes candidatos a ser errores reales en los autógrafos originales. A veces otros cristianos me disuaden de discutir públicamente las evidencias que tienden a desconfirmar el cristianismo, aunque yo sostengo que esas evidencias están suficientemente contrarrestadas por evidencias confirmatorias más fuertes y numerosas. El razonamiento de estos disuasores es que, al llamar la atención sobre los aspectos más problemáticos de las pruebas, corro el riesgo de hacer que la gente, quizá los jóvenes creyentes, duden de la verdad del cristianismo. Comprendo muy bien y aprecio esta preocupación. Tengo un afecto particular por los cristianos que luchan con dudas intelectuales y durante varios años he dirigido un servicio de asesoramiento en línea para los cristianos que luchan con dudas racionales. Sin embargo, creo que la integridad intelectual me obliga a dar a conocer los puntos fuertes y débiles de la interpretación cristiana de las evidencias relevantes, a expresar cómo interpreto yo los datos y a permitir que la gente llegue a sus propias conclusiones. El apologista no está llamado a asumir el papel de abogado defensor, comprometiéndose a defender la veracidad de su posición pase lo que pase. Más bien, el apologista debe asumir el papel de un periodista de investigación, informando para el consumo popular de los resultados de una investigación justa y equilibrada. Si no estamos dispuestos a hablar públicamente de las vulnerabilidades intelectuales de la posición cristiana, ¿qué nos diferencia de personas como el clérigo musulmán Yasir Qadhi, que recientemente dijo en una entrevista con Mohammed Hijab que las pruebas que desafían la narrativa estándar de la preservación del Corán no deben ser discutidas en público?

Por supuesto, esta actitud no se limita a la apologética religiosa, como ha puesto de manifiesto la reciente censura durante las elecciones estadounidenses por parte de los medios de comunicación y las redes sociales de información que podría disuadir a la gente de votar por Biden y Harris. En 2010, dos ateos, el filósofo Jerry Fodor y el científico cognitivo Massimo Piattelli-Palmarini, publicaron un libro en el que planteaban varias cuestiones que consideraban problemas sin respuesta relacionados con la teoría de la evolución por selección natural de Darwin.[7] En el precio, señalan,

Más de un colega nos ha dicho que, aunque Darwin se equivocara sustancialmente al afirmar que la selección natural es el mecanismo de la evolución, no debemos decirlo. No, en todo caso, en público. Hacerlo es, aunque sea inadvertidamente, alinearse con las Fuerzas de la Oscuridad, cuyo objetivo es desprestigiar la Ciencia. No estamos de acuerdo. Creemos que la manera de incomodar a las Fuerzas de la Oscuridad es seguir los argumentos dondequiera que nos lleven, difundiendo la luz que uno pueda en el curso de hacerlo. Lo que hace que las Fuerzas de la Oscuridad sean oscuras es que no están dispuestas a hacer eso. Lo que hace que la Ciencia sea científica es que lo es.

Estoy muy de acuerdo con el espíritu de esos comentarios. De hecho, como en el caso de la evolución, si el cristianismo es verdadero (que estoy convencido de que lo es), no deberíamos temer que la gente esté expuesta a toda la información que necesita para formarse su propia opinión. Por supuesto, esto no justifica la imprudencia. Uno debe tener cuidado de hacer la debida diligencia en la realización de un análisis adecuado de las pruebas pertinentes antes de dejar constancia de las pruebas que son problemáticas, al igual que uno debe hacer antes de dejar constancia de las pruebas que confirman la verdad del cristianismo.

A continuación, expondré un pequeño puñado de casos en los que creo que se puede argumentar razonablemente que los relatos evangélicos son erróneos, aunque sostengo que todos esos ejemplos son explicables de forma plausible como el resultado de un error cometido de buena fe, y no de una distorsión deliberada de los hechos. Para los ejemplos que siguen estoy convencido de que la mejor explicación es una variación en la memoria de los testigos oculares. Aunque he seleccionado ejemplos para los que no creo que ninguna de las armonizaciones tradicionales funcione (o que sean, al menos, bastante menos plausibles que la hipótesis del error), estoy abierto a que me convenzan de lo contrario.

Nuestro primer ejemplo es la localización que hace Mateo de la maldición de la higuera y su vinculación con el día de la limpieza del Templo. Marcos 11:12 da a entender que la limpieza del templo tuvo lugar después de la maldición de la higuera, mientras que Mateo 21:18 da a entender que la maldición de la higuera tuvo lugar al día siguiente de la limpieza del templo. Aunque los antiguos a veces narraban los acontecimientos a-cronológicamente (es decir, sin precisión cronológica), no hay ninguna razón para creer que los antiguos consideraran una práctica aceptable narrar los acontecimientos históricos de forma discronológica (es decir, incluyendo marcadores temporales que tergiversan o engañan respecto a la cronología de los acontecimientos).

Nuestro segundo ejemplo es la cuestión del centurión que acude a Jesús en Mateo 8 frente a que él envía a Jesús a los ancianos de los judíos en Lucas 7. Los armonizadores tradicionales intentan a menudo establecer un paralelismo entre esto y pasajes como Mateo 27:26/Marco 15:15/Juan 19:1 en los que se nos dice que Pilato azotó a Jesús (cuando en realidad, sabemos que no fue el propio Pilato quien hizo la flagelación sino los soldados bajo su mando).[8] Sin embargo, en este último caso, sabemos que nadie habría pensado que Pilato azotó personalmente a Jesús, mientras que esto es muy diferente de lo que tenemos en el caso del centurión. En Mateo, hay indicios bastante claros (a mi entender) de que Mateo pensó que el centurión vino en persona. Lydia McGrew señala varios problemas con la armonización tradicional de estos textos: “La narración de Mateo es bastante unificada en su apariencia de que el centurión está presente personalmente. La afirmación final de que Jesús dijo al centurión: ‘Ve, y como creíste, te sea hecho’, donde la orden está en singular, es particularmente difícil de cuadrar con la solución agustiniana. Si el centurión estuviera en su casa enviando mensajeros a Jesús, no necesitaría ir a ninguna parte. Y si Jesús estuviera hablando con los mensajeros, no habría utilizado el singular.”[9] McGrew concluye, y yo me inclino a estar de acuerdo, que la explicación más sencilla de esta discrepancia es “una simple variación de memoria entre los testigos.”[10]

Un tercer caso es el aparente conflicto entre Juan 12:1 y Marcos 14:3, ya que Juan sitúa la unción en Betania seis días antes de la Pascua, mientras que Marcos parece situarla dos días antes de la Pascua. Juan da a entender que tuvo lugar poco después de la llegada de Jesús a Betania (antes de la entrada triunfal en Jerusalén), mientras que Marcos da a entender que tuvo lugar después de la entrada triunfal. Craig Blomberg propone que Marcos narra deliberadamente los acontecimientos a-cronológicamente por razones temáticas, ya que Jesús dice que la unción es para su entierro (Mc 14:8; Jn 12:7). Señala que “Marcos 14:3… está unido al versículo 2 simplemente por una kai (y) y pasa a describir un incidente que tiene lugar en algún momento no especificado mientras Jesús ‘estaba en Betania’. Una vez que observamos que tanto Marcos como Juan presentan a Jesús interpretando la unción como una preparación para su entierro, se puede entender por qué Marcos inserta el relato inmediatamente antes de una descripción de otros presagios de su muerte, incluyendo su última cena con los Doce.”[11] Otra idea, que también implica apelar a la narración a-cronológica, ha sido propuesta por el difunto Steve Hays, a saber, que Marcos pudo haber compuesto los versículos 14:1-2 y posteriormente interrumpir su escritura antes de volver a escribir sobre la unción en Betania como otro episodio ocurrido durante la semana de la Pasión (aunque sin intención de conectarlo con los versículos 1-2, que afirman que faltaban dos días para la Pascua).[12] Sin embargo, según la hipótesis de una narración cronológica, cabría esperar que Marcos proporcionara más información sobre lo que ocurrió el miércoles, antes de la discusión de la unción en Betania. En cambio, casi no hay narración en Marcos entre ese cuidadoso marcador cronológico y la unción en Betania. Todo lo que Marcos nos dice respecto a ese día es que “los jefes de los sacerdotes y los escribas buscaban la manera de prenderlo a escondidas y matarlo, pues decían: “buscaban cómo prenderle con engaño y matarle; porque decían: No durante la fiesta, no sea que haya un tumulto del pueblo” (Mc 14:1-2), pero Marcos ya ha indicado en el versículo 12:12 que “Y procuraban prenderle, pero temían a la multitud, porque comprendieron que contra ellos había dicho la parábola. Y dejándole, se fueron.” Lydia McGrew comenta[13],

Dado que Marcos introduce el día en el versículo 14:1, es de suponer que pretende narrar algunos acontecimientos sustanciales que sucedieron en ese día. ¿Por qué iba a hacer una referencia temporal tan explícita en el versículo 14:1, narrar sólo la decisión de los líderes judíos en ese día, interrumpir bruscamente para contar algo que había sucedido varios días antes, y luego volver en el versículo 10 a la narración de los acontecimientos del miércoles? Se trataría de un proceso de composición extremadamente entrecortado, casi como si ni siquiera hubiera leído lo que había escrito por última vez cuando empezó a narrar la cena en Betania. E incluso si ese fuera el caso, ¿por qué no tendría un mejor indicador de tiempo al volver al miércoles en el versículo 10? Marcos ha ido indicando los días en su narración de la Semana de la Pasión desde el domingo hasta el miércoles con bastante claridad (Marcos 11:11-12, 19-20, 13:1-3, 14.1). Sería sorprendente que de repente comenzara a narrar acronológicamente en el versículo 14:3, incluso como un artefacto de ruptura y reanudación de la escritura. Es mucho más sencillo considerar que la intención de Marcos es que todos los acontecimientos del principio del capítulo 14 ocurran el miércoles.

Un último ejemplo que voy a comentar aquí es el que considero la única discrepancia real entre los relatos de la natividad de Mateo y Lucas (tal vez trate otras supuestas discrepancias entre estos relatos, que me parecen poco convincentes, en un futuro artículo). Al parecer, Lucas desconoce la huida a Egipto que se relata en Mateo 2:13-15. Esto no sería un problema en sí mismo, ya que la omisión no es lo mismo que la negación, y Mateo y Lucas se basan evidentemente en fuentes diferentes (aunque complementarias). Sin embargo, Lucas 2:22-38 se refiere a la dedicación de Jesús en el templo y a la ceremonia de purificación. Cuando una mujer daba a luz un hijo, se la consideraba ceremonialmente impura durante cuarenta días (Lv 12:2-5). Después de este período, debía ofrecer un cordero de un año y una paloma o un pichón (Lev 12:6), aunque si era pobre podía ofrecer dos palomas o pichones (Lev 12:8). La ofrenda de María, por tanto, indica que ella y José eran pobres (Lc 2:24). Lucas 2:39 indica que “Habiendo ellos cumplido con todo conforme a la Ley del Señor, se volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret.” El texto implica claramente que fue muy poco después de la purificación cuando volvieron a su casa, mientras que Mateo indica firmemente que la familia de Jesús permaneció en Belén durante un tiempo considerable después del nacimiento de Jesús y sólo volvió a Nazaret tras la huida a Egipto. ¿Se puede explicar esta aparente discrepancia? Personalmente, creo que la explicación que tiene más sentido es que las fuentes de Lucas (que pueden haber sido escritas, orales o una combinación de ambas) no contenían un relato de la venida de los magos, la matanza de los niños en Belén o la huida a Egipto. Creo que la principal fuente de Lucas para su relato de la natividad fue María. Es una conjetura razonable que María haya contado a Lucas la historia de Simeón y Ana en el templo (Lc 2:25-38) antes de pasar al siguiente relato diciendo algo así como “Y más tarde, cuando vivíamos en Nazaret, solíamos venir todos los años a Jerusalén a la fiesta de la Pascua”. Tal vez Lucas supuso de forma natural que habían regresado a Nazaret inmediatamente después de la presentación en el templo, y por ello escribió una transición que conectaba los dos relatos.

El problema de la disminución de las probabilidades

Un punto importante que a menudo se pasa por alto cuando se discuten las discrepancias evangélicas y los candidatos al error es el problema de la disminución de las probabilidades. Este problema tiene que ver con el hecho de que nunca tenemos la certeza absoluta de que un texto determinado no está equivocado, sino que se trata siempre de una evaluación probabilística que se basa en consideraciones tales como la fiabilidad general del texto en cuestión, los aspectos problemáticos del texto (como una aparente discrepancia con otras fuentes), las pruebas directas que influyen en la afirmación en cuestión, etc. Esto significa que si tenemos un conjunto de textos que tienen una probabilidad razonable de estar equivocados, la probabilidad de que todos los textos no contengan un error disminuye con los ejemplos sucesivos. Supongamos, por ejemplo, que tenemos un conjunto de cuatro aparentes discrepancias entre los relatos evangélicos (como he enumerado anteriormente). Supongamos hipotéticamente que cada uno de esos textos, considerado individualmente (teniendo en cuenta las armonizaciones propuestas y consideraciones como la fiabilidad general de los textos) tiene, por término medio, un 30% de probabilidades de contener un error. En ese caso, la probabilidad de que uno de ellos esté realmente en el error sería calculable por 1-0.74, que sería aproximadamente 0,76. Así pues, la demostración de que un texto individual tiene, en conjunto, más probabilidades de ser armonizable que de no serlo, no implica que no haya una alta probabilidad de que al menos algunos de esos textos estén de hecho en error.

El peso probatorio de las discrepancias aparentes y reales

Ya he escrito antes sobre el fenómeno de las variaciones conciliables, llamado así por el erudito anglicano del siglo XIX Thomas Rawson Birks.[14] Una variación conciliable se refiere a cuando existen dos relatos del mismo acontecimiento o, al menos, dos relatos que parecen cruzar el mismo territorio en algún punto y, a primera vista, parecen tan divergentes que resulta casi incómodo; pero luego, al reflexionar más, resultan ser conciliables de alguna manera natural después de todo. Cuando dos relatos parecen al principio tan divergentes que uno no está seguro de que puedan reconciliarse, eso es una prueba significativa de su independencia. Cuando, tras un examen más detallado o al conocer más información, resultan ser conciliables sin forzarlas, es casi seguro que se trata de relatos independientes que encajan. Las discrepancias reales entre los relatos, como las que he comentado anteriormente, también tienden a apoyar la independencia de los relatos. Por lo tanto, se podría decir que las discrepancias reales entre los relatos evangélicos tienen múltiples vectores epistémicos: son negativamente relevantes desde el punto de vista epistémico para la fiabilidad de los relatos y, al mismo tiempo, apoyan la independencia de las narraciones en sentido más amplio (y los relatos independientes que se solapan en relación con un acontecimiento constituyen una prueba de su verdad).

En alguna ocasión me han preguntado si, de forma similar al caso acumulativo que yo construiría para la fiabilidad sustancial de los evangelios y Hechos (a partir de coincidencias no diseñadas entre otras líneas de evidencia), se podría construir un caso acumulativo para su falta de fiabilidad a partir de las contradicciones entre los relatos evangélicos. Sin embargo, aparte del hecho de que las pruebas positivas son mucho más numerosas que el tipo de discrepancias que he documentado anteriormente, yo diría que existe una asimetría epistémica entre estas pruebas positivas y las negativas, es decir, las pruebas positivas que yo y otros hemos aducido (como las coincidencias no diseñadas) tienen una mayor fuerza probatoria que las aparentes discrepancias que existen entre los relatos evangélicos. Para ver si (y hasta qué punto) X cuenta como evidencia de H, hay que saber cómo se compara nuestra expectativa de X cuando H es verdadera con nuestra expectativa de X cuando H es falsa. Una vez que calibramos así nuestras expectativas, la apariencia de un paralelismo en los dos argumentos se evapora.

Tim McGrew y Lydia McGrew señalan varios casos en los que las fuentes antiguas, consideradas generalmente fiables, presentan varias discrepancias menores[15]:

Incluso un conocimiento superficial de los documentos que forman la base de la historia secular revela que los informes de los historiadores fiables, incluso de los testigos oculares, siempre muestran una selección y un énfasis y no pocas veces se contradicen abiertamente. Sin embargo, este hecho no destruye, ni siquiera socava significativamente, su credibilidad respecto a los principales acontecimientos que relatan. Casi ninguno de los dos autores está de acuerdo en el número de tropas que reunió Jerjes para su invasión de Grecia, pero la invasión y su desastroso resultado no están en duda. El relato de Floro sobre el número de tropas en la batalla de Farsalia difiere del propio relato de César en 150.000 hombres; pero nadie duda de que hubo tal batalla, ni de que César la ganó. Según Josefo, la embajada de los judíos al emperador Claudio tuvo lugar en el tiempo de la siembra, mientras que Filón la sitúa en el tiempo de la cosecha; pero que hubo tal embajada es incontrovertible. Los ejemplos de este tipo se pueden multiplicar casi de forma interminable.

Dado que la hipótesis de que un conjunto de documentos históricos es sustancialmente fiable predice que habrá pequeñas variaciones entre los relatos (como se observa cuando examinamos otros documentos que generalmente se consideran sustancialmente fiables), la observación de que efectivamente existen pequeñas variaciones entre dichos relatos no puede utilizarse como prueba significativa contra la fiabilidad de los mismos. El eminente jurista Thomas Starkie explica bien este punto[16]:

Es necesario observar aquí que las variaciones parciales en el testimonio de diferentes testigos, en puntos minúsculos y colaterales, aunque con frecuencia ofrecen al defensor adverso un tema para la observación copiosa, son de poca importancia, a menos que sean de una naturaleza demasiado prominente y llamativa para ser atribuida a la mera inadvertencia, falta de atención o defecto de memoria. Un gran observador ha señalado que “el carácter habitual del testimonio humano es la verdad sustancial bajo una variedad circunstancial”. Es tan raro que los testigos de una misma transacción coincidan perfecta y totalmente en todos los puntos relacionados con ella, que una coincidencia total y completa en cada detalle, lejos de reforzar su crédito, no pocas veces engendra una sospecha de práctica y concertación. La verdadera cuestión debe ser siempre, si los puntos de variación y discrepancia son de una naturaleza tan fuerte y decisiva como para hacer imposible, o al menos difícil, atribuirlos a las fuentes ordinarias de tales variedades, la falta de atención o de memoria.

El mismo principio puede aplicarse a los relatos evangélicos. Aunque los evangelios contengan algunas discrepancias menores en cuanto a detalles periféricos, de ello no se deduce que los relatos sean generalmente poco fiables, ya que conocemos muchos relatos fiables que contienen discrepancias.

Conclusión

A veces me han preguntado si afirmo la doctrina de la inerrancia, y me temo que mi respuesta requiere más matices que un simple “sí” o “no”. Ambas respuestas invitan a ciertas suposiciones sobre mis puntos de vista que deben ser desenredadas y aclaradas. Si uno responde “sí”, el interrogador puede suponer que el enfoque erudito que uno tiene de la Biblia no le permite concluir, sobre la base de pruebas, la existencia de errores en las Escrituras. No es difícil ver cómo ese enfoque iría en contra del espíritu de una sólida epistemología evidencialista. Por otra parte, si se responde “no”, el interrogador puede suponer que se tiene un enfoque liberal de la Biblia y que se considera que no es fiable, o que se acepta una corriente de pensamiento, popular en la erudición contemporánea, que condena el proyecto de armonización cuando hay aparentes discrepancias en las Escrituras. Yo no me inclino por ninguno de esos dos extremos, y en este artículo expongo los matices de una aproximación a la Biblia que mantiene una visión elevada de las Escrituras, pero que no se aferra a la inerrancia tal y como se entiende tradicionalmente. Aunque técnicamente no me calificaría como inerrantista según las normas de la Declaración de Chicago, mi punto de vista se acerca mucho más al de la mayoría de los inerrantistas que al de la mayoría de los no inerrantistas. Es decir, tengo una visión elevada de las Escrituras y afirmo que las Escrituras, tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento, son muy fiables.

Referencias

[1] Norman L. Geisler, Systematic Theology, Volume One: Introduction, Bible (Minneapolis, MN: Bethany House Publishers, 2002), 264–265.

[2] Para un debate sobre cómo se evalúan los datos anómalos en la ciencia, véase “The Role of Anomalous Data in Knowledge Acquisition: A Theoretical Framework and Implications for Science Instruction,” de Clark A. Chinn and William F. Brewer, Review of Educational Research 63, no. 1 (Spring, 1993), 1-49, y “Scientists’ Responses to Anomalous Data: Evidence from Psychology, History, and Philosophy of Science” de William F. Brewer and Clark A. Chinn, Proceedings of the Biennial Meeting of the Philosophy of Science Association, Volume One: Contributed Papers (1994), 304-313.

[3] Bruce Manning Metzger, United Bible Societies, A Textual Commentary on the Greek New Testament, Second Edition a Companion Volume to the United Bible Societies’ Greek New Testament (4th Rev. Ed.) (London; New York: United Bible Societies, 1994), 154.

[4] Michael Licona, Why Are There Differences in the Gospels? (Oxford: Oxford University Press, 2016).

[5] Lydia McGrew, The Mirror or the Mask: Liberating the Gospels from Literary Devices (Tampa, FL: Deward Publishing Company, Ltd, 2019).

[6] Ibid., 53-54.

[7] Jerry Fodor y Massimo Piattelli-Palmarini, What Darwin Got Wrong (London: Profile Books, 2011), kindle.

[8] Matthew Wilkins, “Matthew,” en The Holman Apologetics Commentary on the Bible — The Gospels and Acts, ed. Jeremy Royal Howard (Nashville, TN: Holman Reference, 2013), 99.

[9] Lydia McGrew, The Mirror or the Mask: Liberating the Gospels from Literary Devices (Tampa, FL: Deward Publishing Company, Ltd, 2019), 379-380.

[10] Ibid., 380.

[11] Craig L. Blomberg, The Historical Reliability of John’s Gospel (England: Apollos, 2001), 175.

[12] Steve Hays, “Projecting Contradictions, Triablogue, January 11, 2018, http://triablogue.blogspot.com/2018/01/projecting-contradictions.html

[13] Lydia McGrew, The Mirror or the Mask: Liberating the Gospels from Literary Devices (Tampa, FL: Deward Publishing Company, Ltd, 2019), 391.

[14] Thomas Rawson Birks, Horae Evangelicae, or The Internal Evidence of the Gospel History (London: Seeleys, 1852). Véase también Lydia McGrew, The Mirror or the Mask: Liberating the Gospels from Literary Devices (Tampa, FL: Deward Publishing Company, Ltd, 2019), 316–321.

[15] Tim McGrew y Lydia McGrew, “The Argument from Miracles: A Cumulative Case for the Resurrection of Jesus of Nazareth”, en The Blackwell Companion to Natural Theology, 1st Edition, ed. William Lane Craig and J.P. Moreland (Wiley-Blackwell, 2012), kindle.

[16] Thomas Starkie, A Practical Treatise of the Law of Evidence, and Digest of Proofs, in Civil and Criminal Proceedings, Volume 1 (J & W.T. Clarke, 1833), 488-489.

Recursos recomendados en Español:

Robándole a Dios (tapa blanda), (Guía de estudio para el profesor) y (Guía de estudio del estudiante) por el Dr. Frank Turek

Por qué no tengo suficiente fe para ser un ateo (serie de DVD completa), (Manual de trabajo del profesor) y (Manual del estudiante) del Dr. Frank Turek

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El Dr. Jonathan McLatchie es un escritor cristiano, orador internacional y debatiente. Tiene una licenciatura (con honores) en biología forense, un máster (M.Res) en biología evolutiva, un segundo máster en biociencia médica y molecular, y un doctorado en biología evolutiva. En la actualidad, es profesor adjunto de biología en el Sattler College de Boston (Massachusetts). El Dr. McLatchie colabora en varios sitios web de apologética y es el fundador de Apologetics Academy (Apologetics-Academy.org), un ministerio que trata de equipar y formar a los cristianos para que defiendan la fe de forma persuasiva mediante seminarios web regulares, así como ayudar a los cristianos que se enfrentan a las dudas. El Dr. McLatchie ha participado en más de treinta debates moderados en todo el mundo con representantes del ateísmo, el islam y otras perspectivas alternativas de cosmovisión. Ha dado conferencias a nivel internacional en Europa, Norteamérica y Sudáfrica promoviendo una fe cristiana inteligente, reflexiva y basada en la evidencia.

Fuente del blog original: https://cutt.ly/6zxWCsO

Traducido por Elenita Romero

Editado por Jennifer Chavez

 

By Ryan Leasure

It’s not uncommon for Christians to throw shade at the Old Testament. These Christians say they love Jesus, but they could do without those early Jewish texts. In fact, many Christians suggest that much of the Old Testament is ahistorical. Events like the flood, Jonah being swallowed by a great fish, or the fiery judgment of Sodom and Gomorrah never happened. And then there’s the infamous quote that Christians simply need to “unhook themselves from the Old Testament” because so much of it is embarrassing or difficult to understand. Why can’t we focus on Jesus?

We can certainly sympathize with these sentiments. After all, the flood and the judgment of Sodom seem pretty incredible, and pretty harsh at that. Wouldn’t it be easier to ignore this ancient corpus? This stance seems reasonable until one realizes that the same Jesus whom these Christians worship also holds the Old Testament in high regard. He not only affirms the inspiration of the Old Testament, but also its historicity and authority.

The Old Testament is inspired

Historically, Christians have affirmed the verbal plenary inspiration of the Bible. That is, they acknowledge that every word of Scripture is “God-breathed” (2 Tim. 3:16-17). At the same time, God spoke through a human agency. Therefore, Scripture not only has a divine author, it also has human authors.

Jesus affirmed the human authors of the Old Testament. He repeatedly acknowledges that Moses is the one who gave the Law (Matthew 8:4; 19:8; Mark 1:44; 7:10; Luke 5:14; 20:37; John 5:46; 7:19). He will say things like, “Do what Moses commanded” (Mark 1:44). Oh, “Moses said, ‘Honor your father and your mother’” (Mark 7:10). Concerning other Old Testament authors, Jesus states, “Well did Isaiah prophesy…” (Mark 7:6). Also, “David himself, in the Holy Spirit, declared… .” (Mark 12:36). And “So when you see the abomination of desolation, spoken of by Daniel the prophet…” (Matthew 24:15). It is worth noting that almost all critical scholars question the authorship of these individuals, in clear contradiction to Jesus.

At the same time, Jesus affirms that these individuals wrote divinely inspired Scripture. As just alluded to, Jesus noted in Mark 12:36, “David himself, in the Holy Spirit, declared…” In other words, David wrote, but his writings were the result of the work of the Holy Spirit (2 Pet 1:20-21). He also declared, “Well did Isaiah prophesy…” (Mark 7:6). The mere mention of prophecy suggests that Isaiah wrote from God. Prophecy, after all, is by definition “a word from God.” The same could be said of Matthew 24:15 when Jesus refers to Daniel as “the prophet.” Furthermore, in addressing the scribes and Pharisees, Jesus states, “You forsake the commandment of God and hold to the tradition of men” (Mark 7:8). He then clarifies that God’s commandment was what Moses wrote in Exodus 20.

As John Wenhan points out, “For [Jesus], Moses, the prophets, David, and the other writers of Scripture were truly inspired men with a message given by the Spirit of God.”

The Old Testament is historically accurate

While many are willing to concede the inspiration of the Old Testament, many of these same individuals deny that it is historically accurate on all points. They may affirm its historical nature in general (God created the world, called Abraham and the Jewish people, the Jews were exiled, etc.), but balk at some of the more difficult texts (the flood, Sodom, Jonah, etc.). That said, Jesus has no qualms about affirming the historical character of the Old Testament, even the most difficult texts to believe. Here are some examples:

He believed that Cain killed Abel (Luke 11:51), that God sent a flood but spared Noah on the ark (Matthew 24:37-39), and that God destroyed Sodom because of its wickedness (Matthew 11:23-24). He even adds, “Remember Lot’s wife” (Luke 17:32). Furthermore, Jesus believed that God sent manna from heaven (John 6:31), that the Israelites were healed by looking at the serpent (John 3:14), and that Jonah was swallowed by a great fish only to be put to death three days later (Matthew 12:39-41).

The last text about Jonah is especially significant because it shows that Jesus did not view these events merely figuratively. Indeed, at the end of the text we read: “The men of Nineveh will rise up with this generation in the judgment and condemn it, because they repented at the preaching of Jonah; and behold, something greater than Jonah is here” (Mt 12:41 ESV). It is difficult to imagine how Jesus could claim that Nineveh would rise up in the final judgment against the people who rejected him, if it was a farce. The same could be said of Jesus’ statement in Matthew 24:37: “For as the days of Noah were, so will be the coming of the Son of Man” (ESV). In other words, just as God’s judgment was poured out in the days of Noah, so it will be again at the final judgment.

Again, Wenham comments, “It is evident that [Jesus] was familiar with most of our Old Testament and treated it all equally as history.”2 

The Old Testament has authority

Because Jesus believed the Old Testament was divinely inspired, he also claimed its full authority. He demonstrated this authority by appealing to the scriptures dozens of times.

When asked what the greatest commandments are, He declares that “You shall love the Lord your God with all your heart, with all your soul, and with all your mind . . . And the second is like it: You shall love your neighbor as yourself” (Matthew 22:37-39). Jesus said that these two commandments (Deut. 6:4-6; Lev. 19:18) summarize the entirety of the Old Testament and are the guide for all ethical questions.

When faced with temptation, Jesus appealed to the authority of Scripture to fight Satan. He repeatedly declared, “It is written, it is written, it is written” (Matthew 4:1–11). Even when facing death, the last words He spoke were from the Old Testament (Psalm 22:1; 31:5).

Jesus appeals to Genesis 1-2 when speaking of marriage and divorce . He asks, “Have you not read that he who created them from the beginning made them male and female, and said, For this reason a man shall leave his father and his mother and be joined to his wife, and the two shall become one flesh’? They are no longer two but one flesh. What therefore God has joined together, let no man separate . ” (Mt 19:4-6 ESV) By alluding to Genesis 1-2 here, Jesus is asserting that his position on marriage and divorce is rooted in the authority of the Old Testament text. In contrast, Jesus’ opponents rooted their position in different rabbis (Shammai and Hillel).

In disputing with the Sadducees about the resurrection, Jesus rebukes them: ” But Jesus answered and said to them, ‘ You are mistaken, not understanding the Scriptures nor the power of God . . . ‘” (Matthew 22:29 ESV). In other words, the Scriptures give us the definitive, authoritative word on the resurrection. Jesus goes on to ask them: “Have you not read what God said to you: ‘I am the God of Abraham . . . ‘” (Matthew 31–32). Again, Jesus appeals to the Old Testament text to affirm God’s power over the resurrection.

Jesus goes so far as to say that ” and the Scripture cannot be broken ” (John 10:35 ESV). For Jesus, Scripture is so powerful that nothing can undo it. 

Jesus and the Old Testament

All the evidence taken together suggests that Jesus held the Old Testament in high regard. Those who claim to hold Jesus in high regard but reject some of the Old Testament teachings are being inconsistent. If Jesus is held in high regard, then the Old Testament must also be held in high regard. As John Wenham points out:

“For Christ, the Old Testament was true, authoritative, and inspired. For him, the God of the Old Testament was the living God, and the teaching of the Old Testament was the teaching of the living God. For him, what Scripture said, God said.”3

*For more information on this topic, see John Wenham’s book Christ and the Bible .

Recommended resources in Spanish: 

Stealing from God ( Paperback ), ( Teacher Study Guide ), and ( Student Study Guide ) by Dr. Frank Turek

Why I Don’t Have Enough Faith to Be an Atheist ( Complete DVD Series ), ( Teacher’s Workbook ), and ( Student’s Handbook ) by Dr. Frank Turek

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Ryan Leasure is the pastor of Grace Bible Church in Moore, SC. ​​For more information about his background and interests, click here .

Original Blog Source: https://bit.ly/35RC9P5

Translated by  Yatniel Vega Garcia 

Edited by  Jennifer Chavez