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Por Al Serrato

Estando en el tráfico el otro día, vi una vez más la calcomanía en el parachoques “¿Tienes fe?”. Es pegadiza, en cierto modo, y en esta época de frases gancho, puedo adivinar por qué la gente la encuentra útil. Tal vez sea un buen generador de debates, una forma de invitar a una pregunta o a una respuesta. Pero los cristianos deberían tener cuidado en entender el efecto no deseado que palabras como “fe” tienen en aquellos cuya cosmovisión es intencionalmente secular.

Cuando tomamos prestado el famoso anuncio de leche para un eslogan, corremos el riesgo de reducir la fe a una mercancía, como la leche.  Sí, la necesitamos, y podemos adquirirla, y si lo hacemos, otras cosas en la vida pueden ser mejor, como la forma en que las galletas saben mejor con leche.  Pero, ¿es la fe una mercancía que podemos adquirir? ¿O es algo que todos nosotros ya tenemos? ¿Algo de lo que ya hacemos uso?

Hace poco hablé con una amiga atea sobre estas ideas.  Me dijo que, en su opinión, la fe y la razón son opuestas. La fe, dijo, significa aceptar las cosas que no puedes entender o explicar, y la razón, en cambio, es lo contrario, aceptar solo las cosas que puedes entender y explicar.  Con esta visión del mundo, ella nunca estará abierta a considerar a Dios, porque, según su definición, intentar hacerlo no sería razonable. Los que “tienen fe” pueden consolarse, pero no tienen nada que decirle. De hecho, cuando piensa en ello, siente un poco de pena por los “fieles”, porque han metido la cabeza en la arena. Puede que se sientan seguros y cálidos, lo acepta, pero el precio de “no ver las cosas como realmente son” es demasiado alto.

Un enfoque más productivo podría ser hacer ver a la secularista que ella también está utilizando la “fe”, y considerar de quién es la fe que tiene una base más racional.  El primer paso, por supuesto, es aclarar este malentendido sobre lo que significa realmente “fe”. Yo sugeriría una definición de “fe” como el acto de confiar en algo que no se puede conocer con total certeza.  Contiene una parte de acción -la confianza- y una parte de estándar de prueba, a falta de un término mejor -el grado de certeza que le das a tu conclusión-.  A diferencia de la opinión de mi amiga secular, lo contrario de la fe no es la razón, sino la incredulidad.  En otras palabras, carecer de fe en algo es creer que lo que se postula no es de hecho cierto, que no se ajusta a la forma en que las cosas son realmente. No tengo “fe” en que el pensamiento positivo me permita siempre alcanzar mis objetivos. No está de más practicar el pensamiento positivo, por supuesto, pero no confío activamente en que las cosas realmente funcionen así. En algunos casos, carecer de fe significaría ir más allá, creer que lo contrario es probablemente cierto. Carezco de fe en mi capacidad para saltar por encima de un edificio alto porque sé que lo contrario es cierto.

La razón, por el contrario, no es un acto de confianza; es un acto de pensamiento, un proceso por el que llegamos a conclusiones basadas en la evaluación de las pruebas que recibimos a través de nuestros sentidos. Puede ser inductiva o deductiva; puede ser sólida o falaz.  Pero, en definitiva, no es más que una herramienta a la que tenemos acceso mediante el uso de nuestra mente, al igual que la herramienta de la vista, la audición o la adquisición del lenguaje. Estas cosas están simplemente disponibles para cualquier ser humano con una mente que funcione normalmente.  Lo contrario de la razón no es la fe, es la irracionalidad. Si llego a la conclusión, por ejemplo, de que un conjunto de alas emplumadas me permitirá emprender el vuelo, estoy procediendo de forma irracional porque las pruebas disponibles establecen que esto simplemente no puede funcionar, por mucha “confianza” que quiera depositar en lo que estoy intentando. 

Lejos de ser opuestas, pues, la razón y la fe coexisten en un continuo, en el que el conocimiento se mueve desde cosas que se conocen definitivamente a través de pruebas observables (confianza con alta certeza) a cosas que no se conocen definitivamente, pero que es muy probable que sean ciertas (confianza con menos certeza), hasta las cuestiones que son totalmente especulativas y que sólo pueden tomarse “por fe” (confianza con poco o nada de apoyo). Así que la fe en Dios, como cualquier otra conclusión a la que llega una persona, es siempre producto de la razón, porque la razón es sencillamente la única manera en que alguien puede llegar a una conclusión. Lo que distingue a la fe sana de la fe tonta es la fuerza de la evidencia que apoya la conclusión y la validez del proceso de razonamiento que se utilizó.

Apliquemos este criterio a un ejemplo del mundo real, digamos que una esposa se pregunta si su marido es digno de su confianza. Como no puede estar con él todo el tiempo, no puede saber con certeza si la engaña. Pero tampoco carece totalmente de pruebas.  No le dirías que simplemente tiene “fe”, como si no tuviera ninguna razón para sus creencias.  Por el contrario, considerarías esa situación como un continuo de conocimientos.  En otras palabras, su “fe” puede estar sólidamente basada en las pruebas disponibles, como en la situación en la que, a través de la observación y el conocimiento a largo plazo del carácter, el sistema de creencias y la conducta de su marido, puede estar segura de depositar su confianza. O su “fe” puede ser insensata – como en la situación en la que el marido afirma ser fiel pero ha demostrado a través de su comportamiento anterior y de sus comentarios que no es probable que resista la tentación de desviarse.   Este ejemplo muestra dos cosas: una, que la fe es algo que todos utilizamos, incluso sin pensar necesariamente en ello, porque como seres limitados no podemos saberlo todo con certeza; y dos, que la certeza de la propia fe depende de los hechos y de los fundamentos que la apoyan.  En este ejemplo, una apoya su fe en la lógica y la razón, mientras que la otra la sostiene a pesar de la lógica y la razón.

La fe y la razón no están intrínsecamente en conflicto, como parecen creer muchos secularistas. Aunque la fe requiere un paso más allá de lo que puede conocerse con total certeza, no es irracional dar ese paso, dependiendo de la fuerza de las pruebas que lo apoyen. Los pensadores y personas inteligentes de todos los tiempos no han encontrado ningún conflicto en aceptar que Dios existe y depositar su confianza en él.

Como creyentes, tenemos que prepararnos para mostrar a otros hoy que esto sigue siendo así.

Recursos recomendados en Español: 

Robándole a Dios (tapa blanda), (Guía de estudio para el profesor) y (Guía de estudio del estudiante) por el Dr. Frank Turek

Por qué no tengo suficiente fe para ser un ateo (serie de DVD completa), (Manual de trabajo del profesor) y (Manual del estudiante) del Dr. Frank Turek  

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Al Serrato obtuvo su título de abogado en la Universidad de California en Berkeley en 1985. Comenzó su carrera como agente especial del FBI antes de convertirse en fiscal en California, donde sigue trabajando. Tras conocer las obras de C. S. Lewis se interesó por la Apologética, que ha seguido durante las últimas tres décadas. Comenzó a escribir Apologética con J. Warner Wallace y Pleaseconvinceme.com.

Fuente Original del blog: https://bit.ly/3zCRrTQ

Traducido por Jennifer Chavez 

Editado por Monica Pirateque 

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