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Por Al Serrato

“No me juzgues” parece ser un refrán cada vez más pronunciado, y aceptado, en nuestra sociedad, que refleja lo que parece ser una tendencia humana universal y profundamente arraigada. Incluso los cristianos, que deberían saberlo mejor, parecen subirse al tren, creyendo de algún modo que la compasión cristiana nos obliga a ser más comprensivos y aceptar el mal comportamiento.

Por qué la gente odia ser juzgada

Pero si se piensa en ello, la frase no es del todo acertada. La mayoría de la gente no quiere decir realmente que no quiera ser juzgada. De hecho, lo hacen. Lo que quieren decir es que quieren que los demás aprueben su conducta o comportamiento. Lo que no quieren es que se les juzgue y se les considere deficientes. Ya sea en los deportes, en los estudios o en el trabajo, una y otra vez vemos que la gente quiere competir, quiere que se le elogie por su desempeño  y quiere salir ganando. Lo que quieren evitar es perder, es decir, que les digan que no han dado la talla o que han hecho algo mal.

Esta inclinación a buscar la alabanza y a evitar la condena es evidente desde los primeros días del niño: elógialo y sonreirá, repréndelo o regáñalo y llorará. No hay que enseñarle a reaccionar, simplemente lo sabe. Y cuando aprenda a expresarse, una de las primeras cosas que comprenderá intuitivamente es que existe una cosa llamada “justicia” por la que se juzga todo el comportamiento. Lo utilizará pronto y a menudo, ya que condena las acciones que no cumplen sus expectativas. “¡No es justo!”, exclamará, sin comprender del todo el poder de esa frase para influir en los demás. Y cuando él mismo es acusado de ser injusto, no responderá diciendo que está bien ser injusto, sino que dirá que está siendo justo, mientras intenta justificar su conducta. Sólo cuando crezca aprenderá el truco tan popular hoy en día de afirmar que juzgar está mal.

¿Qué explicación tiene el ateísmo para esta evidente condición humana? Dado que la inmensa mayoría de las personas parecen inclinarse por querer librarse de los juicios y ser libres de hacer lo que deseen, ¿no habría eliminado la selección natural esta condición de sentirse obligado a actuar de una determinada manera hace mucho tiempo? En otras palabras, cuando buscamos evitar el juicio, lo que realmente estamos diciendo es que no queremos sentir culpa. No queremos tener esa molesta sensación de que, como dijo CS Lewis, somos conscientes de una ley que nos presiona, una ley que no hemos creado y que no podemos evadir, pues reside en nuestra mente. Pero si no existe Dios, ¿qué beneficio evolucionista podría derivarse de sentirnos culpables por no actuar como deberíamos? ¿No nos inhibiría esto de futuros actos que podrían beneficiarnos de forma directa y personal a costa de otros? Si la selección natural opera como sugieren los darwinistas, los primeros humanos que carecían de sentimiento de culpa habrían sido libres de perseguir vigorosamente su propio interés -para mejorar su capacidad de sobrevivir y procrear-, en contraste con sus compañeros que se inhibían porque no querían sentir la culpa que conlleva hacer daño a otras personas. Con la supervivencia del más fuerte como norma, los comportamientos que limitan nuestras opciones y nos impiden anteponernos a nosotros mismos nos hacen más débiles, no más fuertes. En un universo en el que fuéramos simplemente un accidente de la evolución, la búsqueda del interés propio sería la configuración por defecto.

La cosmovisión cristiana, por el contrario, puede dar sentido a la culpa y lo hace. Sabemos intuitivamente que hay un bien y un mal, que hay bondad y maldad y justicia e injusticia, porque la norma absoluta de bondad nos hizo a su imagen. Dejó en nosotros -escrito en nuestro corazón, por así decirlo- un acceso intuitivo a esta norma y un deseo -una necesidad- de ajustarnos a ella. Nuestra naturaleza caída nos impide lograrlo plenamente, pero el conocimiento de esta ley, y de nuestra necesidad de someternos a ella, forma parte del tejido mismo de nuestra mente.

Dios dejó dentro de nosotros el deseo de encontrar nuestro camino de vuelta a Él, y un miedo innato a la condenación por no cumplir Su norma. Aunque no nos demos cuenta, anhelamos oírle darnos la bienvenida a casa con palabras de alabanza, un sincero “bien hecho, mi buen y fiel siervo”.

Sin embargo, lo que parece que hemos olvidado es que no debemos temer la condena final, pues Él también envió a Su Hijo para brindarnos el camino a casa , el camino de la redención. Pero no podemos llegar allí por nuestra cuenta y pretender lo contrario tratando de evitar el sentimiento de culpa no hace ningún bien a nadie.

Recursos recomendados en Español: 

Robándole a Dios (tapa blanda), (Guía de estudio para el profesor) y (Guía de estudio del estudiante) por el Dr. Frank Turek

Por qué no tengo suficiente fe para ser un ateo (serie de DVD completa), (Manual de trabajo del profesor) y (Manual del estudiante) del Dr. Frank Turek  

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Al Serrato se licenció en Derecho por la Universidad de California en Berkeley en 1985. Comenzó su carrera como agente especial del FBI antes de convertirse en fiscal en California, donde sigue trabajando. Una introducción a las obras de CS Lewis despertó su interés por la Apologética, que ha seguido durante las últimas tres décadas. Comenzó a escribir Apologética con J. Warner Wallace y Pleaseconvinceme.com.

Blog Original: https://cutt.ly/XY1TdAT 

Traducido por Jennifer Chavez

Editado por Yatniel Vega García 

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